“No necesitamos Malvinas para funcionar”

15.02.2012 | 17.43 Comentar   |   FacebookTwitter

Rodolfo Terragno
Entrevistas / 

El radicalista Rodolfo Terragno analiza la polémica por las islas y la falta de liderazgo en la Unión Cívica Radical. Además, cuenta cómo hubiera sido el país con él como presidente.

Por Andrés Fidanza

Juguemos a la historia contrafáctica a partir de una interna radical: la presidencial de 1998. Por un lado, un balbinista conservador, un abogado cordobés pero sin tonada y el candidato favorito del mítico aparato de la UCR: Fernando de la Rúa. En el otro rincón, un abogado porteño con facilidad de palabra, de larga carrera en la academia, en el periodismo y en el arte de la provocación intelectual; uno de esos políticos que se permiten reflexionar sobre su praxis y escribir libros en el tiempo libre (a la fecha lleva publicados unos 15): Rodolfo Terragno, un dirigente que si bien consiguió la presidencia de la UCR en 1995, siempre cargó (y negó) un rumor tan estigmatizante como perturbador: haber simpatizado o, mucho peor, militado juvenilmente en el PJ. ¿Quién ganó aquella interna? Nadie, porque Terragno decidió bajar su postulación ante la evidencia de que De la Rúa arrasaba. Lo que vino después –alianza de la UCR con el Frepaso, victoria clara de De la Rúa frente a Eduardo Duhalde en el ‘99 y caída fenomenal en 2001– es un enganchado histórico más bien conocido. Se mantiene en las sombras, en cambio, el relato de todo lo que podría haber pasado si Terragno hubiese dado un batacazo. Imaginemos, entonces, los principales hitos: éxito previsible de Terragno en la presidencial; devaluación y salida de la convertibilidad durante los primeros 100 días de hándicap social; indemnizaciones correspondientes; reactivación económica y, finalmente, reelección de la Alianza en 2003. Como consecuencia indirecta, Néstor Kirchner habría permanecido en modalidad patagónica y, por lo tanto, en el off del teatro político nacional. ¿Fantasía pura? No, se trata de la "convicción de lo que hubiese pasado si alguien (léase Terragno) hubiera conducido con inteligencia, perseverancia y congruencia todo ese proceso". Así lo piensa y enuncia ahora, desde su ornamentado departamento de Las Cañitas, un elegante octavo piso con vista al Hipódromo, el presidente radical que no fue.

Desde aquella interna radical que tampoco fue, la parte comprobable de su biografía incluye el cargo de jefe de Gabinete de De la Rúa –"el mayor error político de mi vida"–, su renuncia junto a Carlos "Chacho" Álvarez, una banca en el Senado hasta 2007, y una creciente obsesión por desarrollar planes de gobierno a largo plazo, en los que preferiblemente coincidan oficialismo y oposición. Además de su cruzada a favor del enfoque "programático" (que varias veces lo acercó a Eduardo Duhalde), Terragno escribió dos libros sobre las islas Malvinas: "Falklands / Malvinas" (2002) e "Historia y futuro de las Malvinas" (2006). Es que antes de ser ministro de Obras y Servicios Públicos de Raúl Alfonsín, Terragno atravesó su exilio político en Londres, y desde ahí, "donde los ingleses no sabían ni qué eran las Falklands", vivió la invasión a las islas de la actual discordia diplomática.

¿Qué le pareció la denuncia oficial sobre la militarización inglesa de las Malvinas?

La denuncia me parece procedente, pero me preocupa la retórica que la envuelve.

¿A qué se refiere?

A que los dos Gobiernos han encumbrado una guerra verbal peligrosa. No es frecuente que un primer ministro británico utilice el lenguaje de Cameron. Y aquí se ha respondido con una agresividad tal vez mayor por nuestro modo de ser.

Le pido que describa la agresividad argentina.

Se habló de "mediocridad o estupidez", y la presidenta bajó mensajes demasiado riesgosos, teniendo en cuenta que hay sectores fanáticos, chovinistas y belicosos en ambos lados. Una decisión correcta como la de llevar información sobre el aumento de la capacidad de fuego requiere sobriedad y no sobreactuación. Lo peor que podría pasar es volver a eso que parece un partido de fútbol americano: argies versus piratas. [Sonríe]. Esas acusaciones que hace el diario The Sun de Londres o el canal Crónica... Hay una necesidad inmediata de bajar el tono.

¿Cuál es el peligro y el riesgo que percibe? ¿piensa en posibles atentados?

Bueno, no hay que dar ideas. [Ríe]. Allí donde hay sectores exaltados, hay hechos que se pueden desencantar. Y cuando se entra en una retórica de esta naturaleza, en una guerra verbal, es difícil el retorno. Luego, hay cierta incongruencia, porque estamos pidiendo el diálogo y es difícil provocarlo mediante agresiones recíprocas.

El diálogo tampoco va a convencer instantáneamente a los británicos de la soberanía argentina, ¿no?

No hay duda de que la Argentina sufrió un retroceso muy grande desde 1982. Una guerra no es gratis. Pero por lo pronto, no hay que alejar la posibilidad del diálogo.

¿Qué camino específico propone?

La Argentina ha sostenido siempre que los isleños no forman un pueblo; que son un grupo de británicos instalados allí, y que por lo tanto no pueden ser jueces y parte. Gran Bretaña lo ha negado, y por eso no les concedía la nacionalidad después de la guerra. Pero hoy la ley británica dice que los isleños son británicos al igual que los nacidos en Londres, Liverpool o Manchester. Y ésa es una prueba nueva que el lado argentino no ha presentado.

Y hacia los kelpers, ¿cuál sería una estrategia de seducción efectiva?

Lo primero es no agredir, no subestimar y respetar a los isleños sin atribuirles la condición de pueblo diferente al británico. Si vamos por el lado contrario, el de provocar un bloqueo, la posición de los británicos y los isleños será más dura.

Pero eso no se concretó.

Hay cosas que se concretan y cosas que no. Si se hubiese suspendido el vuelo de Lan del que depende en gran medida la provisión de las islas, nos hubiéramos expuesto a que Gran Bretaña considerara el bloqueo como casus belli.

¿Cameron aprovecha políticamente el tema Malvinas?

No creo que haya un propósito de política interna. A diferencia de lo que pasa con nosotros, las Malvinas no son un tema prioritario en la agenda británica, y menos en medio de la crisis europea. Además, el Reino Unido ganó la guerra y tiene la posesión. Por supuesto que si alguien sostiene que son argentinas, hay un consenso de que eso no se puede permitir. Pero hasta el día anterior a la guerra, Gran Bretaña no tenía interés en las islas.

Digamos que no es tema de conversación hoy día en los pubs de Londres.

Por supuesto que no. La idea de que Cameron va a tapar problemas políticos no existe. No va a tapar nada poniéndose duro en esto.

Y del lado argentino, ¿hay un uso político de Malvinas?

Estamos aproximándonos a un período de dificultades económicas importantes, y puede haber una tendencia a huir para adelante. Así, Malvinas e YPF pueden convertirse en temas de discusión que eclipsen otras polémicas.

En caso de que haya problemas económicos reales, ¿piensa que Malvinas podría taparlos?

Por supuesto que no van a eclipsar los problemas, pero pueden distraer la atención del déficit y la inflación. La eventual estatización de YPF también tiene ese sentido. Ambos temas mueven sentimientos sociales y tienen una virtud: los opositores se autoextorsionan, porque temen ser vistos como antipatriotas o defensores de las corporaciones multinacionales. Entonces puede haber un aprovechamiento.

¿Por qué importa tener o no tener las Malvinas? ¿es algo meramente reivindicativo?

Los intereses subjetivos cumplen un papel muy importante en la motivación de los individuos y las sociedades. Hay hechos emocionales, convicciones y mitos que llevan inclusive a la guerra. Por ejemplo, ¿la Argentina podría subsistir si una de sus provincias se independizara? Claro que sí, pero eso implicaría una guerra interna.

¿O sea?

Que si Misiones se hiciera brasileña, la Argentina seguiría funcionando. Y tampoco necesita Malvinas para funcionar. Pero hay una cultura, una reivindicación de casi dos siglos, una formación desde la escuela, una sensación de despojo, de un país que aprovecha su poderío para mantenerse frente a las costas de la Patagonia. No hay una importancia objetiva. Y lo mismo pasa con Gran Bretaña: si la Argentina no necesita de las islas, menos el Reino Unido.

¿Y la posibilidad de que haya petróleo?

Es una fantasía. No están sobre un mar de petróleo. Y el interés por el petróleo también es subjetivo, porque en algún momento se va a agotar y no garantiza el futuro eterno.

La desmitificación permanente parece la condición existencial de Rodolfo Terragno. Una actitud que lo empuja hacia el realismo cruel con el kirchnerismo y su política económica, pero también con su propio y querido partido radical. "La UCR viene en un proceso muy lento de recomposición después de aquella catástrofe de 2003, cuando sacó un 2%", diagnostica.

¿Y ahora qué falta a la UCR?

Tiene que ver lo que se niega a ver: que la gente no vota partidos, sino esperanzas. La idea de que el partido se recompone reformando la carta orgánica o haciendo una conciliación interna es un error. Hay que tener mayor fuerza social, y para eso hace falta alguien, porque la gente sigue a personas.

¿Faltan liderazgos?

Antes, cuando alguien tenía gran capacidad oratoria y podía convencer desde la tribuna, se decía que era un gran tribuno. Hoy día cuando alguien hace eso desde las tribunas electrónicas, que son las únicas que hoy existen, se dice de manera despectiva que es un mediático. El radicalismo necesita un mediático con ideas, y con carisma.

¿Y quién podría ser?

Ah, no lo sé. Un año antes de que ganara yo no le podía decir que iba a ser Obama.

¿Y de los que están: Cobos, Sanz, Alfonsín...?

De los que están, nadie.

Algunos proponen ir detrás de Hermes Binner o de Mauricio Macri.

Eso yo lo llamo una pérdida de vocación de poder. Creer que como no podemos reconstruir la locomotora, agarramos un vagoncito y lo ponemos detrás de la locomotora que nos lleve más lejos... Quien hace eso está buscando empleo. Y un partido no se hace con buscadores de empleo, sino con gente que quiera gobernar y sepa para qué.

Se acaban de cumplir diez años de la crisis de 2001-2002. ¿Hizo alguna revisión o autocrítica?

Al contrario, me reafirmé. Creo haber sido uno de los pocos que vaticinaron exactamente lo que pasó. Cuando competí con De la Rúa, yo decía que había que salir de la convertibilidad y él decía: "Conmigo, un peso un dólar".

¿Y por qué aceptó ser su jefe de Gabinete?

Ahí cometí el mayor error político de mi vida. De soberbio, porque yo pensaba que estando adentro iba a poder persuadir, pero no podía persuadir a un Gabinete en el que todos eran economistas a favor del uno a uno.

¿Fantasea con qué hubiese pasado si el presidente hubiera sido usted?

No fantaseo, tengo la convicción de qué hubiese pasado: la Alianza hubiese sido reelecta. Pero no porque De la Rúa fuera un tonto y yo un genio, sino porque yo creo que estaba acertado en algo que veía y que casi la totalidad de los políticos no.

¿Qué hubiera hecho?

En el momento de gran respaldo político, hubiera corregido el tipo de cambio sin desatar la inflación. Hubiera habido cimbronazos iniciales, que habría sabido manejar con la asistencia de un foro de discusión. Si alguien hubiera conducido con inteligencia, perseverancia y congruencia todo ese proceso, hubiese terminado muy bien el Gobierno.

¿Y hubiese sido reelecto en 2003?

Yo creo que sí.

Usted siempre quiso ser presidente: ¿En qué momento se dio cuenta de que no iba a ser posible?

Cuando se eligió a De la Rúa como candidato. Porque yo pensaba que si De la Rúa fracasaba se terminaba la posibilidad del radicalismo, no sólo la mía. Dentro del Gobierno de De la Rúa existía el temor de que yo utilizara la Jefatura de Gobierno para crear las condiciones de mi candidatura. Y yo dije al presidente: "Mirá, si a vos te va bien, hay reelección; y si a vos te va mal, no hay Terragno, hay peronismo. Entonces a mí me conviene que nos vaya bien a todos, porque a vos te pueden reelegir una sola vez". Eso no se entendía mucho, pero era así.
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