Por Sebastián Hacher
Enfundado en su traje de baile, Edwin Paniagua parecía un robot obeso. Lo confesó él mismo mientras almorzábamos en el bar de Liniers y arreglábamos los detalles para encontrarnos en un desfile de fraternidades de danzas andinas.
–Cuando me lo compré pesaba diez kilos menos –dijo–. Yo no voy a usar máscara para que me puedas reconocer.
El personaje que representaba Edwin era un Achachi: un viejo de la colonia que se había aliado a la conquista española, y que no dudaba en mostrar la opulencia de su traición. Cada uno de los cilindros que formaban el disfraz estaba forrado con lentejuelas y perlas que representaban distintos animales. El autor del traje era un artesano de La Paz que había tardado veinte días en hacerlo. Edwin pensaba sacarlo a la calle por primera vez durante el desfile folclórico de Charrúa, el barrio boliviano más antiguo de la ciudad de Buenos Aires. Desde los 80, el primer domingo de octubre los inmigrantes sacan a la virgen de Copacabana de la iglesia y bailan en sus calles para demostrar su devoción. El ritual convirtió a Charrúa en el centro del folklore boliviano en Argentina y el crecimiento de La Salada hizo que la fiesta desbordara hasta superar las cien mil personas en cuatro cuadras.
Encontrar a alguien en ese caos era un acto de fe. Sobre el asfalto, unos diez mil bailarines esperaban su turno para comenzar a desfilar. Algunos usaban traje de sastre y sombrero, con pañuelos blancos al cuello y ponchos de vicuña. Las mujeres se dividían entre las jóvenes, con vestidos de minifalda forrados con lentejuelas, y las mayores, que lucían largas polleras, sombreros bombín, chalinas de seda o vicuña y joyas de fantasía. Algunas llevaban carteras y guantes de encaje. Otras, unas matracas que representaban distintos elementos de la cultura: una miniatura de las ruinas de Tiawanaku, barriles de cerveza o camionetas Mercedes Sprinter blancas.
Comenzó un solo de trombones al que le siguieron las trompetas, los redoblantes y los clarines. Los músicos estaban concentrados en el desafío de combinar una borrachera extrema con la coordinación de los movimientos y sonidos necesarios para lograr un ritmo que solo ellos sabían tocar. La mayoría había llegado contratada desde Oruro o La Paz para desfilar ese día.
Los músicos estaban vestidos de saco rojo, corbata amarilla y pantalón blanco. En el bolsillo del saco, tenían bordado en amarillo el logo de su banda: De Bolivia 100% lo mejor.
–Somos de Oruro –me informó el que parecía el dirigente–. Para venir, entre todos cobramos 20.000 dólares más los gastos: pasaje, casa, comida y toda la cerveza que podamos tomar.
Mientras buscaba a Edwin me crucé con grupos de lo más diversos. Los Caporales son los preferidos por los bailarines jóvenes.
Los trajes de lentejuelas terminan en botas con cascabeles. La danza es acrobática y requiere un gran esfuerzo físico. Los pasos imitan el movimiento de los capataces que en la época de la colonia hacían trabajar a los esclavos en las cosechas. A nadie parece importarle jugar ese papel: de lo que se trata es de mostrar fortaleza y agilidad.
Los Tinku representan una danza aymara. Antiguamente el Tinku era un encuentro entre comunidades para garantizar la abundancia. En algunos pueblos de Bolivia todavía se hace a la vieja usanza: el baile incluye peleas que siempre terminan con muertos y heridos de gravedad. Si alguno de la comunidad muere en la contienda, eso significa que habrá una buena cosecha porque la madre tierra recibió su sangre. En Buenos Aires no hay lucha, y el Tinku es la danza preferida de los albañiles y las empleadas domésticas. Los trajes son más baratos y los pasos de baile son ágiles y muy festivos. El grupo de Edwin era una Morenada, la danza más tradicional y también la más masiva.
Tardé tres horas para encontrarlo. Delante suyo venía un grupo de hombres de traje, sombrero gris y anteojos negros, que bailaba dando dos pasos a la derecha y luego dos a la izquierda, con un ritmo que imitaba el andar de alguien muy mareado. Edwin bailaba un poco inclinado hacia adelante, con la cabeza entre los hombros y agitando una larga cola dorada que el público esquivaba con devoción. Sudaba mucho, afirmaba cada pie con esfuerzo y movía los brazos como un boxeador cansado que intenta abrirse paso a los golpes en una multitud invisible.
–Recién llego –me dijo Edwin–. Al final tuve que ir a la feria. Quería faltar para venir temprano, pero juego al Pasanaku y hoy me tocaba cobrar.
El Pasanaku es un método de ahorro solidario del mundo andino. Los participantes
–por lo general diez personas– ponen una suma fija de dinero todas las semanas. Se sortean las posiciones y en cada turno uno de ellos se lleva el pozo total.
Cada año, la mayoría de las Morenadas envía a uno de sus directivos a Bolivia para alquilar los trajes por dos o tres semanas. Todos los intentos de fabricarlos en Argentina fracasaron: ni los materiales ni los artesanos se consiguen en Buenos Aires. Al alquiler a veces se le suma un seguro que se paga en la frontera como garantía de que los trajes vuelvan a su lugar de origen. A Edwin todo ese trámite lo aburre. La mayoría de las veces los trajes que llegan en cantidad le quedan demasiado grandes o demasiado apretados. Después de sufrir tres años seguidos, poco antes de una fiesta viajó a La Paz y buscó a un artesano que le habían recomendado:
–Lo quiero –le pidió– con un cola de dragón, un sapo en la espalda, una hormiga en el pecho y las hombreras doradas.
–Le va a salir seiscientos dólares –contestó–. Venga dentro de tres semanas.
Desde su infancia que Edwin no estaba en Bolivia con tanto tiempo libre. La primera semana se dedicó a visitar parientes. La segunda, a recorrer los restaurantes y puestos de comida que rodean la Plaza San Francisco. Cuando se aburrió de la nostalgia culinaria, se dedicó a mirar ropa. Se internó por la calle Buenos Aires, atravesó las veredas donde se ofrecían jeans, zapatillas y camperas importadas y llegó a una zona de galerías dedicadas al comercio mayorista. Allí, en una vidriera, los vio por primera vez: eran los mismos corpiños que él compraba en el barrio de Once en Argentina, y que su mujer fabricaba para abaratar costos. El negocio de la calle Buenos Aires tenía miles de ellos y de todos los colores, pero a mitad del precio del que se conseguían en las calles porteñas. Edwin no lo podía creer. Salió casi corriendo y se metió en un locutorio para llamar a su mujer.
–Lo que acabo de ver –dijo– es increíble. Venden corpiños de China a cincuenta pesos la docena. Y son mejores que los nuestros. Llevo algunas docenas para vender.
–Ni se te ocurra –contestó la mujer–. Me vas a cortar la fabricación.
–Vamos a ganar más dinero –replicó él y alejó la boca del tubo para simular que la llamada se había cortado.
Compró diez docenas de corpiños Made in China, la mayoría del mismo color. Las terminaciones eran más prolijas que las que ellos hacían. A la semana, volvió a Buenos Aires con su traje de Achachi reluciente y los soutiens chinos. Los llevó a la feria y salieron como si los regalara. Sus clientes ya no querían saber nada del corpiño tradicional. Su mujer guardó uno para intentar copiar el modelo, pero no hubo caso.
Edwin me señaló a un grupo de bailarines:
–Aquel Rey Moreno es fabricante –dijo–. Ese Caporal es patrón de un taller de costura. Los morenos que van detrás son costureros: a muchos los obligaron a venir.
Una sonrisa se dibujó en su cara. Había tenido una ocurrencia maliciosa.
–La estructura de la Morenada –dijo– es como la vida real. Si yo soy fabricante, los talleres que trabajan para mí tienen que bailar en mi Morenada, porque si no, no les doy trabajo. Y los costureros tienen que bailar para sus talleristas.
–¿Y los costureros cómo hacen para pagar los trajes? –pregunté.
–Cada bailarín tiene que pagar más o menos seiscientos dólares –contestó Edwin–. Si trabajan en un taller, el patrón se los descuenta semana a semana.
Mientras decía eso, pasó un bloque de Morenos. Su andar ya no parecía tan festivo como antes. Bailaban con su típico paso cansino y hacían girar unas matracas hechas con quirquinchos embalsamados.
Encontrar esos corpiños chinos había significado abrirse de ese mundo de relaciones complejas que eran los talleres de costura. Su negocio consistía en traer mercadería desde La Paz, venderla en La Salada y luego volver a viajar. La rutina se repetía más o menos una vez al mes. Una vez que tenía la mercadería se volvía al hotel, desarmaba las bolsas y le arrancaba a cada corpiño la etiqueta con el código de barras.
Edwin tuvo una revelación. Se imaginó a sí mismo yendo a China y volviendo en barco con cinco contenedores llenos de corpiños. Le contó el sueño a su mujer.
–Necesitamos –dijo– setecientos mil dólares. Hipotecamos la casa, conseguimos un socio y vamos. Tengo algunos contactos.
Eso último era mentira, pero sonaba a buen argumento.
–Si ponés en peligro mi casa –amenazó la mujer– te mato.
Edwin no se dio por vencido. Tenía un as en la manga: su hermana. Ella tenía cinco puestos en La Salada, dos locales en Avellaneda y tres hijos con talleres textiles. La invitó a cenar a un restaurante peruano del Abasto y le contó sus planes chinos.
–Seremos socios –le propuso–. Viajaremos juntos y haremos todo mitad y mitad. Tienes que pensar en veinte contenedores de mercadería.
A la hermana le brillaron los ojos.
–Voy a hacer cuentas. Es mucho riesgo.
Al otro día se puso en contacto con la embajada china en Argentina. Una mujer con acento oriental le dijo que le harían contacto con la cámara de comercio argentino-asiática. Edwin sonrió. Una hora más tarde sonó el teléfono. Era su hermana.
–Mi hijo –dijo entre sollozos– está detenido en la frontera. Lo acusan de tráfico de personas. Tengo que contratar un abogado e ir a verlo enseguida. Edwin se quedó mudo. Nunca le había caído bien ese muchacho. Menos ahora que acababa de arruinarle el sueño de su vida.