La ilusión optimista
Sociedad /
Uno de los atributos más valorados en la sociedad empieza a ser cuestionado por los científicos: nuevos estudios sugieren que los "optimistas no realistas" excluyen la información que no quieren oír.
Por Cristian H. Savio y Sharon Begley
Bajo el calor agobiante de febrero, los hinchas de Boca Juniors concurrieron en masa este 4 de febrero a La Bombonera, para participar del partido homenaje a su goleador histórico, Martín Palermo. En las placas de los canales de noticias podía leerse la frase: "Se despide el optimista del gol". Esa descripción guió gran parte de la carrera (cinematográfica para muchos) del ahora ex futbolista, y es obra del entrenador Carlos Bianchi. "Una de sus cualidades es la de ser optimista. Es una cualidad muy grande en cualquier goleador, pero él tiene un optimismo muy grande", explicó el técnico. Aunque tal vez esa característica no sea una cualidad, de acuerdo a un nuevo estudio neurocientífico que pone en tela de juicio uno de los atributos más valorados popularmente.
"No me voy a enfermar"; "Mi hijo va a ser muy talentoso"; "Voy a vivir hasta los 90 años"; "Voy a ser feliz en mi matrimonio". Con firmes frases de ese estilo ratificamos constantemente nuestra convicción de que el futuro es positivo. El optimismo nos permite mantener nuestras mentes relajadas y cultiva nuestro buen humor. Pero también nos puede traer problemas.
La adolescente que piensa que no va a sufrir consecuencia alguna si tiene sexo sin protección. El alcohólico que cree que puede tomar un pequeño trago sin descarrilarse. Se llaman "optimistas no realistas". En contraste con el optimismo normal, ese tipo caracteriza a las personas que siguen creyendo que habrá un resultado favorable a pesar de evidencia clara —e incluso la experiencia personal— de que el devenir no será tan positivo.
Mientras que el optimismo razonable nos es muy útil —baja el estrés y la ansiedad, puede incluso reducir el riesgo de desarrollar varias enfermedades, y nos ayuda a recuperarnos más rápidamente—, el tipo no realista puede ser muy contraproducente. Es parte de por qué la gente ahorra tan poco para el retiro ("las cosas se resolverán de alguna manera"), no usa protector solar ("¿Cáncer de piel? De ninguna manera") y no hace acuerdos prenupciales (la mayoría de la gente estima su riesgo de divorcio en el cero por ciento). Los científicos se han preguntado cómo el optimismo insensato se las arregla para sobrevivir, sobre todo porque uno de los principios clave de cómo el cerebro aprende es que actualiza continuamente sus conocimientos a la luz de la experiencia y la nueva información.
Ahora, en el primer estudio de este tipo, los neurocientíficos identificaron los circuitos cerebrales que subyacen en el optimismo poco realista. Lo que encontraron es que el lóbulo frontal, que analiza la información, básicamente "mira para otro lado" cuando los optimistas poco realistas reciben información que socava una de sus creencias color de rosa.
Para llevar a cabo el estudio, los científicos se centraron en una forma particular de optimismo, a saber, la subestimación de la probabilidad de que las cosas malas van a ocurrir —como el adolescente sin preservativo—. Los investigadores proyectaron una breve descripción de 80 eventos malos (que le roben su vehículo, desarrollar Parkinson, ser víctima de un fraude por Internet, tener un ratón en su casa, etc.) uno a la vez en una pantalla que cada uno de los 19 voluntarios podía ver mientras estaban dentro de un aparato de resonancia magnética. A continuación, los científicos les mostraron las probabilidades reales y les pidieron estimar de nuevo sus propias chances, por ejemplo, de ser engañado por el cónyuge o ser despedido de su empleo. Por último, los voluntarios rellenaron un cuestionario de personalidad para la medición de su nivel de optimismo.
La buena noticia es que la gente no era completamente incapaz de aprender: revisaron sus estimaciones de las probabilidades que tenían de sufrir varios percances en su vida —pero sólo si habían sobrestimado esa probabilidad—. En otras palabras: si habían predicho que sus probabilidades de desarrollar cáncer eran de 40 por ciento, pero se enteraron que el riesgo es en realidad del 30 por ciento, ajustaron sus estimaciones a un más razonable 32 por ciento. Pero si habían subestimado la chance de ser víctima de alguno de estos incidentes —diciendo que tenían un 10 por ciento de riesgo de ser asaltados cuando en realidad la chance es de 20 por ciento— básicamente se enfrascaron con su conjetura original. Los científicos descartaron la posibilidad de que la gente simplemente se olvide de las probabilidades que se muestran. "Recordaban los datos de igual manera sin importar si eran mejores o peores de lo esperado", dice la neurocientífica Tali Sharot, del Laboratorio de Cerebro Afectivo del University College de Londres, que lideró el estudio. "La diferencia estuvo en si usaban la información para actualizar sus creencias respecto a su propia probabilidad de experimentar los eventos negativos".
La resonancia magnética funcional midió la actividad cerebral de los voluntarios durante ese experimento e hizo un hallazgo notable. Cuando la gente cambiaba sus estimaciones de probabilidades a la luz de información mejor de la esperada –por ejemplo: tu chance de volverte impotente es de un 30 por ciento, no el 60 por ciento que creías— la actividad en el lóbulo frontal se correspondía con lo que se necesitaba para hacer un seguimiento de los datos de entrada y ajustar su estimación. Sin embargo, cuando la realidad era más triste de lo esperado –las chances de morir antes de los 90 años son del 60 por ciento y no de un 40 por ciento— el encendido de esa área resultaba ser más débil. Los optimistas extremos se definieron de antemano por un cuestionario de personalidad. Parece como que "escogemos qué información escuchar. Cuanto más optimistas somos, menos factibles somos de ser influenciados por información negativa acerca del futuro", señala Sharot.
¿Por qué el lóbulo frontal hace huelga de cara a la información no deseada? Sharot y sus colegas están estudiando si las regiones emocionales del cerebro son responsables. Numerosas "neuronas inhibidoras" –aquellas que llevan las instrucciones— van desde los centros de emoción a las áreas de razonamiento, y hay indicios de que cuando la gente ve los datos diciéndole que, por ejemplo, divorciarse es más probable de lo que creía, las emociones enloquecen y evitan que las regiones cognitivas traten con la información no deseada. A pesar de que el trabajo recién empieza, dice Sharot, "parece que hay regiones (también en el lóbulo frontal) que inhiben la actividad necesaria para el seguimiento de información negativa".
Esas circunstancias dan cuenta de las "limitaciones particulares del cerebro", según señala el abogado y economista catalán Eduardo Punset, profesor de Ciencia, Tecnología y Sociedad en el Instituto Químico de Sarriá, en Barcelona. El cerebro está "absolutamente a oscuras" y sólo puede elucubrar qué ocurre en el exterior "interpretando, mal que bien, los mensajes codificados que le llegan" a través de los sentidos, señala Punset en su libro El viaje a la felicidad (Destino, 2012), que abunda en referencias neurocientíficas. "No es extraño, en tales condiciones, que las elucubraciones del cerebro magnifiquen o subestimen la realidad exterior, con el consiguiente impacto negativo sobre las emociones y las conductas del individuo".
Punset abreva en la estrecha relación entre optimismo y felicidad. "Precisamente porque está a oscuras, el cerebro necesita tener de manera constante la sensación de que controla la situación, de que todo tiene una explicación, de que no se le van de la mano los acontecimientos", explica, y advierte que cuando pierde el control genera las condiciones propicias para la infelicidad y la depresión. Tal como lo estableció en la década de 1970 la serie de experimentos del psicólogo Martin Seligman, quien a la postre se convertiría en uno de los especialistas más reconocidos y padre de la psicología positiva.
Pero aunque no lo parezca, Sharot es, en realidad, una especie de fan del optimismo. En su último libro, The Optimism Bias ("El sesgo del optimismo"), señala que los optimistas tienden a ganar más y vivir más tiempo, entre otros beneficios. "Creer que una meta es alcanzable nos motiva a ejecutar las acciones que nos ayudarán a acercarnos más a nuestros sueños", dice. "Es por esta razón que los optimistas tienen más probabilidades de tener éxito en lo académico, los deportes y la política". Un estudio reciente sobre felicidad de la Universidad Abierta Interamericana, en conjunto con la consultora Opinión Autenticada, muestra que en la Argentina casi siete de cada diez personas declaran sentirse entre "muy feliz" (21,7%) y "feliz" (46,5%): una cifra que muestra congruencia con el nivel de optimismo manifestado por casi seis de cada diez ciudadanos, que se autocalifican como "muy optimistas" (22,6%) y "optimistas" (37%).
Para el periodista Sergio Lapegüe, quien acaba de editar el libro Prende el optimismo (Planeta), atraer la felicidad es "una cuestión de actitud, de predisposición para recibir la buena noticia, la felicitación, la sonrisa amiga". En el libro se condensa la "filosofía de vida optimista y práctica" del conductor del insólito ciclo Prende y apaga de TN, quien se pregunta: "¿Cómo podemos explicar que haya gente optimista y con buena onda y otra que no?".
Seligman le contestaría que depende del estilo explicativo de cada persona; esto es, el modo personal que cada uno de nosotros tiene para pensar las causas de los acontecimientos, que bien puede modificarse a través de la enseñanza del optimismo. Desde esa visión, trabajar en la modificación de la percepción de la realidad e ignorar de alguna manera aquellos datos o señales que indican lo contrario es una tarea lícita en pos de evitar la depresión y, en consecuencia, allanar el camino a la felicidad. Los nuevos estudios científicos, ¿estarían entonces "rompiendo" una útil ilusión? "Saber de los sesgos del optimismo no hace que desaparezca la ilusión", responde Sharot. "Pasa como con las ilusiones visuales: entenderlas no hace que desaparezcan. Eso es bueno, porque podés continuar beneficiándote de los frutos del optimismo aun si estás advertido de los sesgos. Sin embargo, al mismo tiempo el conocimiento es la clave. Porque si a través de la ciencia nos damos cuenta del sesgo, podemos tomar medidas para protegernos –beneficiándonos de todos los mundos".
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