Yo fui un extremista encubierto

08.02.2012 | 17.03 Comentar   |   FacebookTwitter

El extremismo está creciendo en EE. UU. Este pacífico mitin antiinmigración fue encabezado por el Mov. Nac. Socialista.
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Un topo del FBI habla por primera vez sobre la vida en el mundo sórdido del terrorismo de derecha.

Por R. M. Schneiderman

John Matthews fue durante mucho tiempo un enigma en la vida de su hijo Dan. Cada seis meses asomaba en una nueva ciudad, estado o departamento. Dan, quien vivía con su madre, sospechaba de algo ilegal. Lo habían separado de su padre, e incluso usaba el apellido de su padrastro, Candland. Una vez, cuando Dan tenía 16 años, Matthews lo llamó desde un teléfono público para decirle que iba a pasar a la clandestinidad y podría aparecer algún día

en el programa "Los más buscados de EE. UU.". Meses después, cuando volvieron a encontrarse, ninguno mencionó el asunto. Matthews, ahora de 59 años, reconoció lo que debió parecerle a su hijo: un atribulado veterano de Vietnam, un paranoico que cambiaba todo el tiempo de empleos y matrimonios, despreciado por el Gobierno y siempre con una mochila con comida, agua y ropa en la puerta de su habitación. "Danny siempre creyó que yo era una basura", dice Matthews. "O una mala persona".

Ahora estaban fuera de la corte federal en el centro de Salt Lake City; Dan, de 33 años, no tenía idea de por qué. Un hombre canoso con un sombrero vaquero se presentó a sí mismo como Jesse Trentadue, abogado, y lo llevó a su oficina cruzando la calle. Allí, Matthews divulgó el secreto que había guardado por dos décadas: mientras su familia pensaba que estaba escondiéndose de la ley, asociándose con partidarios de la supremacía blanca y otros extremistas, él trabajaba como informante para el FBI y se infiltró en más de 20 grupos para frustrar ataques terroristas. "Sus ojos [los de Dan] se hicieron más y más grandes", recuerda el abogado. Para Dan, la revelación echó luz a una niñez de misterio y frustración. Finalmente, dice, "todo tenía sentido".

Es raro que un informante se desenmascare él mismo, especialmente uno que se abrió paso en el mundo violento de los intolerantes armados. Pero Matthews había desarrollado una enfermedad cardiopulmonar fatal y quería que su familia supiera su verdadera identidad antes de que fuese demasiado tarde. "No voy a estar por aquí más que otro par de años", dice. "Entonces, pienso que lo que ha de ser, será".

La historia de Matthews, que Newsweek verificó con cientos de documentos del FBI y varias docenas de investigaciones, incluidas conversaciones con funcionarios activos y retirados del FBI, ofrece una rara mirada al mundo tenebroso de la inteligencia local y sus apuros para combatir el extremismo de derecha.

Nadie puede olvidar cómo Timothy McVeigh accionó una bomba enfrente de un edificio gubernamental en Oklahoma el 19 de abril de 1995, matando a 168 personas. Los esfuerzos del FBI para evitar otro atentado cobraron cada vez más importancia en años recientes. Desde la elección de Barack Obama, la cantidad de grupos extremistas de derecha creció de 149 a 824, según el grupo de derechos civiles Southern Poverty Law Center.

"Vemos un resurgimiento", dice Daryl Johnson, un ex analista superior de terrorismo local para el Departamento de Seguridad Nacional. Los extremistas de hoy, al contrario de sus predecesores, tienen a su disposición información on-line —instrucciones para hacer bombas y tácticas terroristas—, así como herramientas de las redes sociales. "Las consecuencias de su violencia [podrían ser] más severas", advirtió un informe oficial de 2009.

Pareció profético. Meses después, un pistolero de 88 años abrió fuego contra visitantes del Museo del Holocausto en Washington, D.C. Hace dos años, nueve miembros de la Hutaree, una milicia cristiana, fueron arrestados por un complot para asesinar a policías en Michigan. En enero de 2011, Jared Lee Loughner, un rechazado por el Ejército, fue acusado del tiroteo de Tucson, Arizona, que mató a seis personas (entre ellas, un juez federal) e hirió de gravedad a Gabrielle Giffords, legisladora por Arizona. Meses atrás, el FBI arrestó a cuatro adultos mayores en Georgia por supuestamente conspirar para atacar edificios federales y liberar toxinas biológicas sobre los empleados.

Matthews era el topo perfecto del FBI para ir tras estos criminales. Afable y jocoso, sin apariencia de curiosear. A una edad temprana, incluso Matthews se había empapado en el lenguaje de la intolerancia y la política de extrema derecha. Pero sabe que un EE. UU. controlado por radicales podría ser una pesadilla. "Esta gente simplemente está loca", dice Matthews. "Si no les gustás, te sacarán para dispararte. No les importa. Esta gente piensa que si derroca al Gobierno, harán un mundo".

Criado en bloques de viviendas en Rhode Island y Carolina del Norte, Matthews no estaba contento con su vida. "Quería ser como John Wayne, así que dejé los estudios y me uní a los marines", recuerda. Pero el patriotismo de Matthews se vio afectado cuando volvió de Vietnam a un país que, él sentía, no mostraba respeto por sus sacrificios. También notó que muchos de sus amigos, expuestos al Agente Naranja en Vietnam, estaban enfermándose, lo que avivó su desconfianza hacia la gente en el poder.

Incapaz de encontrar trabajo, Matthews se unió a la Guardia Nacional de Rhode Island, y luego tuvo una serie de empleos extraños: en una planta recicladora en Ohio y como guía de turistas en el Gran Cañón. En el ínterin se casó y divorció cuatro veces.

Matthews, un anticomunista apasionado, se había movido desde hacía tiempo en círculos extremistas, pero un episodio en septiembre de 1990 le abrió los ojos a los peligros de la extrema derecha. Sucedió en una conferencia en Las Vegas en que se honraba a Soldier of Fortune, una revista popular entre los mercenarios y entusiastas de las armas. Él asistió como guardaespaldas de un comandante nicaragüense, y como muchos de los hombres que blandían armas de fuego allí ese fin de semana, amaba a su país pero odiaba a su Gobierno: la economía estaba hecha jirones, la Primera Guerra de Irak era inminente, y el presidente George H. W. Bush hablaba sobre el "Nuevo Orden Mundial".

En la conferencia, Matthews pasó las mañanas en seminarios sobre cómo sobrevivir a un colapso gubernamental y por las tardes disparaba armas automáticas en un campo de tiro local. Por la noche, los participantes se reunían para jugar blackjack y hablar de política.

Uno de los hombres con quienes convivió Matthews ese fin de semana era Tom Posey, el líder de un grupo paramilitar estadounidense, Asistencia Material Civil, o CMA. En la década de los ‘80, la CMA, con el apoyo tácito del Consejo de Seguridad Nacional y la CIA, había entrenado y armado a rebeldes anticomunistas en Nicaragua (se dice que Ronald Reagan llamó a Posey un "tesoro nacional"). Después de que terminó la guerra en Nicaragua, la política rápidamente se pondría en contra de Posey: a medida que se difundió la noticia de que EE. UU. había usado redes de soldados rasos para armar a los contras, Posey fue acusado de contrabando de armas. Aunque no lo condenaron, tuvo la amarga sensación de que su Gobierno lo había usado y abandonado. "Cuando la guerra terminó, él había perdido toda su fama y su gloria", dice Matthews.

En su última noche en la Franja de Las Vegas, Posey charlaba y bebía con Matthews cuando se inclinó y le hizo una propuesta inquietante: ¿le ayudaría a robar una bolsa de armas automáticas de la armería de la planta nuclear de Browns Ferry en Alabama? Posey pensaba que una segunda Revolución Americana era inminente, y esperaba ayudar a financiarla mediante la venta de esas armas. Para asegurar su huida, Posey planeaba accionar una bomba en el cuarto de control de la planta. Dijo a Matthews que había pasado los seis meses previos tramando el plan, pero el futuro topo estaba horrorizado por dentro. "No me gustan la radiación ni los químicos", explica a Newsweek.

De vuelta en casa, Matthews llamó a la oficina local del FBI. Al día siguiente, un agente llegó a su casa y Matthews le dijo lo que había oído. Días después, el mismo agente llamó a Matthews: ¿consideraría hacerse informante? El dinero no era mucho: US$ 500 a la semana más gastos, y el trabajo podía ser peligroso. Pero Matthews sintió que estaría haciendo lo correcto. También agrega: "Me sentía como en casa estando cerca de gente loca".

Poco después de que empezara a trabajar para el FBI, Matthews supo que Posey había cancelado sus planes de robar la Browns Ferry; la revolución no parecía tan inminente por entonces. Pero Posey tenía muchos otros planes ilegales. Desde mediados de 1991 y durante casi una década, Matthews, el infiltrado, recorrió el país y se convirtió en un extraño para sus esposas y sus cinco hijos de varios matrimonios. Asistía a bailes con el Ku Klux Klan, vendía armas en bares de rutas y estaciones de servicio, se sentaba en bancos de iglesia con aspirantes a poner bombas en clínicas de abortos y era habitué de exhibiciones de armas y complejos paramilitares. Líderes extremistas eran sus invitados frecuentes y también sus anfitriones cuando viajaba lejos de su casa. "Éramos una gran familia feliz", recuerda Matthews.

Resultó bueno en su trabajo. "Aprendí que absorbés mucho más al sentarte y escuchar a la gente hablar que tratando de involucrarte. El noventa y nueve por ciento de la gente allá afuera tiene una historia que contarte o algo que quiere mostrarte. Y si sólo te sentás, escuchás y vas de un lugar a otro, ellos pensarán que sos alguien".

Cada vez que Matthews volvía a su casa por unos días, contactaba a su encargado del FBI, un ex oficial de inteligencia del Ejército llamado Donald Jarrett, un afroamericano fornido que vestía trajes buenos y mantenía su cabello al ras. Él se reunía con Matthews en estacionamientos abandonados o cafeterías de baja categoría para hablar de estrategias y pagarle.

Matthews fue asignado a Posey, quien, según documentos del FBI, siempre estaba planeando algo, desde falsificar monedas de oro y plata hasta tratar de hacer estallar las redes de gas y electricidad de Alabama. Pero era un gran charlatán, y no sabían si pondría en práctica sus planes, ni cuándo o cómo.

A través de Posey, Matthews conoció —y monitoreó— a lo más destacado del movimiento miliciano. Por ejemplo, uno de los seguidores de Posey en Arizona planeaba atacar a agentes de Hacienda con un mortero casero. Por meses, Matthews viajó por el país con este hombre, compartiendo cuartos de motel con él y estableciendo contactos con otros extremistas de derecha: "Manejaba con explosivos en mi camioneta y dormía por la noche con una .45 en mi almohada, porque este tipo con el que estaba era un verdadero demente", dice Matthews. "Pensaba que todos los chicos desaparecidos en Estados Unidos eran abducidos por extraterrestres que se los comían".

"Yo había estado en dos guerras", reflexiona Matthews, "pero ninguna se compara con la guerra local contra el terrorismo".

Como Matthews descubriría pronto, el FBI colocaba una intriga encubierta sobre otra. A principios de 1992, Matthews dice que él y Posey viajaron a Austin, Texas, para reunirse con un ex líder del Klan y miembro sospechoso de un grupo paramilitar local, la Milicia de Reserva de Texas (TRM). El FBI investigaba a la TRM por lavar dinero a través de una tienda de armas en Texas, sobornar a las fuerzas de la ley locales, comprar armas robadas de una base militar, tratar de hacer volar
un convoy de la Guardia Nacional en Alabama y amenazar con matar a dos agentes del FBI.

El miembro sospechoso de la TRM trajo consigo a un veterano de Vietnam llamado Dave, un hombre de apariencia común con una chaqueta de aviador verde, que estaba de moda entre los skinheads de la época. Matthews recuerda que se reunieron en un pequeño cuarto de hotel en las afueras de la ciudad, y por algunas horas se relajaron y charlaron sobre el movimiento. Posey pasó a hablar del Nuevo Orden Mundial, el cual, para los extremistas como él, significaba la amenaza de una toma global del poder por una colección de organizaciones internacionales que incluían bancos, las Naciones Unidas y otras instituciones de élite. Dave dijo que él era el líder de un grupo de asaltantes de carros blindados que usaba las ganancias para financiar al movimiento. "Estábamos tanteándonos unos a otros", dice Matthews. "[Dave] nos dijo que había dinero disponible".

A medida que pasaron los meses, Matthews y Posey trabajaron para conectar a miembros de alto rango del movimiento con su nuevo amigo Dave. Sin embargo, al final Matthews comenzó a preguntarse: si este tipo tiene toda esa plata, y está robando todos esos camiones blindados, ¿por qué no oí hablar de los asaltos? Matthews preguntó a Jarrett y a muchos otros de sus encargados en el buró y todos pusieron reparos. No obstante, al final Matthews dice que Jarrett confirmó sus sospechas: Dave era un agente encubierto que viajaba con un nombre falso. El hotel en Texas donde se habían reunido estaba lleno de micrófonos.

Al principio, Matthews se sintió traicionado. Después de todo, Dave conocía su condición. Era como si el buró no confiase en él. Pero Jarrett lo tranquilizó. Ahora, cuando él y Dave llegaban a un lugar, a menudo se dividían y tenían objetivos separados.

En septiembre de 1992, en una fresca mañana en Benton, Tennessee, Matthews se reunió con Dave y Posey en la convención anual de la Asociación Estadounidense de Pistolas y Rifles, un grupo de propietarios de armas de fuego a la derecha de la Asociación Nacional del Rifle. Matthews hizo lo que pudo para guardar su distancia con Dave. La atmósfera se sentía tensa: guardias vestidos con uniforme de camuflaje y armados con pistolas semiautomáticas patrullaban el complejo. Matthews recuerda a niños y adultos disparando a blancos con la forma de patrullas policiales en un campo de tiro cercano. La desastrosa confrontación entre agentes federales y extremistas de derecha en Ruby Ridge, Idaho —que había terminado apenas un mes antes cuando un francotirador del FBI mató a la esposa de Randy Weaver mientras ella sostenía a su hija bebé— había impulsado a la derecha radical; hombres como Posey sintieron de pronto que el Nuevo Orden Mundial estaba sobre ellos, y las palabras comenzaban a convertirse en acciones.

Después del discurso, Dave y Posey se escabulleron y caminaron por el césped hasta el Ford Bronco azul de Posey. Por meses habían tratado de resolver un negocio de armas. Posey había fanfarroneado con Dave que podía obtener varios misiles Stinger, valuados en US$ 40.000 la pieza. Sin embargo, esa noche Posey sólo tenía anteojos de visión nocturna de uso militar en su deportivo utilitario, a los que habían quitado los números de serie. Dave se probó varios pares, luego dio US$ 7.500 en efectivo a Posey. Antes de marcharse, preguntó a Posey cuándo podría conseguirle más anteojos y de dónde provenían. Posey dijo que los tendría en una semana junto con algo de TNT y explosivos C-4. Los anteojos, dijo él, provenían "del mercado negro".

Para la primavera de 1993, Posey parecía creer que, una vez más, la revolución estaba por llegar. Agentes federales y separatistas blancos de la secta de los Davidianos tenían una confrontación en un rancho de Waco, Texas, que culminó con un saldo de 69 adultos y 17 menores calcinados. Posey empezó a tener sueños, según dijo a Matthews entonces, en los que Dios lo dirigía para encabezar un movimiento que derrocaría al Gobierno de EE. UU. Revivió su plan de robar la armería de Browns Ferry en Alabama, y simultáneamente reforzó un complot para volar las redes de gas y electricidad cercanas. Por su parte, Matthews estaba cada vez más ansioso por intervenir, aun cuando sabía que, como informante, había poco que pudiera hacer.

En cierta forma, Matthews tenía algo de simpatía por el odio de Posey al Gobierno: las tragedias de Ruby Ridge y Waco lo habían enfurecido y habían agudizado sus miedos por un creciente poder federal. Pero Matthews no se tragaba nada del sinsentido de los extremistas sobre el Nuevo Orden Mundial. Y tampoco creía que la respuesta fuese matar a policías o agentes del FBI.

La mañana de un sábado de abril, Matthews, Posey y dos de sus seguidores estaban en McDonald’s discutiendo la revolución. De repente, Posey se percató de dos hombres sentados en un auto con las luces apagadas, observando el restaurante. Enfurecidos, Posey y sus amigos se apiñaron en su auto y empezaron a manejar hacia el otro.

"Si son los federales, ¿qué hacemos?", preguntó uno de los amigos de Posey. "Si son los federales, les disparamos", respondió Posey, sacando su pistola y poniéndosela entre las piernas.

Tratando de evitar sospechas, Matthews amartilló su pistola, pero rápidamente empezó a tratar de disuadirlos de no atacar. Él sabía que eran agentes del FBI los del auto; si Posey trataba de dispararles, Matthews debería matar a Posey. Por suerte, para cuando Posey y compañía llegaron, los agentes se habían ido.

En los siguientes meses, Matthews trató de convencer a Posey y sus jóvenes acólitos de olvidar sus planes revolucionarios. Por ejemplo, a altas horas en una noche de mayo, Matthews estaba sentado en la sala de la casa de Posey, charlando con el hijo adolescente de éste, Marty. Previamente esa noche, Matthews y Posey se habían reunido en la casa de un amigo y discutieron el adiestramiento para el asalto de Browns Ferry. Posey había dicho que haría una prueba en dos semanas.

Con su padre dormido, Marty Posey expresó su miedo a que él y su madre perdieran su casa si atrapaban a su padre. Matthews recuerda que dijo a Marty que debería decirle algo a su padre. Varios días después, Matthews llegó a la casa de Posey y oyó por casualidad a Marty discutiendo con su padre en la cocina. "¿Qué pasará, papá, cuando vengan y te lleven?", dijo Marty, según un informe del FBI basado en las declaraciones de Matthews (Marty Posey dice que no recuerda esta conversación).

Sin embargo, para septiembre de 1993, Posey todavía seguía avanzando en sus planes de robar la armería de Browns Ferry y "hacerse cargo" de las redes de gas y electricidad cercanas. Un equipo de cinco hombres entraría en la armería usando tenazas y robaría las armas. Ya se habían hecho amigos de varios guardias, quienes, a decir de Matthews, habían aceptado ayudar.

El buró, percatándose de que las redes eran vulnerables, decidió actuar. Para no repetir el torpe asalto en Waco, Jarrett llamó a Matthews y le pidió consejo sobre cuándo era más probable que Posey estuviera desarmado. Matthews dijo que Posey siempre dejaba su pistola en su guantera cuando iba a enviar un paquete por correo. El 9 de septiembre, un equipo de agentes del FBI rodeó a Posey en una oficina postal en Decatur, Alabama. Fiel a su costumbre, Posey no tenía su arma consigo y se rindió de inmediato.

Después del arresto de Posey, el FBI cambió el número de Seguridad Social de Matthews y pagó para que él y su familia se mudaran a Stockton, California. También lo llevaron a Montgomery, Alabama, para el juicio de Posey. A pesar de los cientos de horas de conversaciones grabadas, así como vigilancia en video y personal, la oficina del fiscal distrital decidió enjuiciar a Posey y sus seguidores sólo por comprar y vender los anteojos robados. Una portavoz de la oficina del fiscal general en el Distrito Norte de Alabama dijo que no había evidencia suficiente para avanzar en más cargos.

Matthews recuerda que varios agentes trajeados del FBI lo recibieron en el aeropuerto, y fueron en una caravana —tres sedanes grandes con vidrios polarizados— a la Corte. Allí Matthews, con traje marrón y corbata, el cabello cuidadosamente peinado, entró por el garaje, rodeado por los hombres del Estado. Cuando entró a la vieja sala de justicia, Matthews pudo ver el asco en la cara de Posey y sintió que su corazón le saltaba. "Estaba asustado", dice. "Uno siempre se asusta en la corte. No querés estropear tus palabras [y] esperás que todos te crean".

El fiscal cuestionó a Matthews sobre sus tratos con Posey y Dave y la venta de los anteojos. Él reprodujo varias grabaciones que apoyaban su recuento. Y luego Matthews bajó del estrado. Los agentes del FBI lo escoltaron fuera de la sala de justicia de la misma manera en que había entrado. Horas después, estaba en un avión de vuelta a Arizona. Al final, Posey fue sentenciado a sólo dos años de prisión y multado con US$ 20.000.

Una tarde, hace unos meses, Matthews estaba sentado en el sofá de su apartamento en Reno, pensando en su vida. En la cocina había una placa del FBI: "John W. Matthews: En aprecio y reconocimiento por sus esfuerzos excepcionales en asistir al FBI para combatir el terrorismo local en todo Estados Unidos: 28 de marzo, 1991–30 de mayo, 1998".

Había sido una década infernal desde que renunció a su trabajo. En 2001, su hijo Kern, quien sufría de parálisis cerebral, murió a los 8 años de edad. Luego, su matrimonio de 20 años se vino abajo mientras él y su esposa lidiaban con su muerte. Un poco después, los efectos de Vietnam en el cuerpo de Matthews se hicieron cada vez más visibles: el Agente Naranja al que fue expuesto había debilitado su corazón y le había provocado diabetes; el asbesto de sus días militares había provocado estragos en sus pulmones. En 2008, ingresó en el hospital para una colonoscopía; empezó a sangrar incontrolablemente; su corazón se detuvo —en dos oportunidades— y los médicos lo resucitaron igual número de veces.

Después de otra temporada en la sala de emergencias este año, Matthews dice que siguió pensando en lo que su familia sabía de él y lo que había sacrificado al paso de los años. Empezó a preguntarse si alguien había vinculado su nombre con el FBI. Por un capricho, empezó a buscarlo on-line.

Encontró un artículo sobre Jesse Trentadue, el abogado de la ciudad de Salt Lake que por 15 años había enviado cartas llenas de obscenidades y solicitudes de la Ley de Libertad a la Información a agencias federales en aras de demostrar que el FBI había asesinado a su hermano, Kenney, durante un interrogatorio chapucero en la ciudad de Oklahoma poco después del bombardeo de McVeigh al edificio gubernamental. A Trentadue y su familia se les otorgó aproximadamente US$ 1 millón por la aflicción emocional después de que el Departamento de Justicia descubrió que el FBI y el Buró de Prisiones habían mentido a una corte e ignorado y traspapelado evidencia durante la investigación.

Trentadue creía que el FBI había confundido a Kenney con un miembro de una pandilla de asaltantes de bancos y partidarios de la supremacía blanca, llamada Ejército Republicano Ario o ARA, por sus siglas en inglés. Aunque el FBI declaró por años que McVeigh actuó en gran medida solo, Trentadue descubrió evidencia que supuestamente lo vincula con el ARA y al grupo con el bombardeo.

A medida que Matthews siguió leyendo, se topó con un nombre que lo sobresaltó: el suyo. Algunos de los documentos que Trentadue había puesto en línea mencionaban a Matthews, y en algunos lugares, el FBI lo había escrito mal. "Todos estos años fui un buen chico y mantuve la boca cerrada", dice Matthews. "¿Y luego publican mi nombre? ¿Qué clase de mierda es ésa?".

Y así, furioso y sintiendo que podría ayudar a Trentadue, Matthews pidió a su hijo Dan que lo llevara en coche a la oficina del abogado en Salt Lake. Considerando su salud, ya no le importaban las repercusiones, ya fuesen del FBI o de los chicos malos. Sus hijos, según creía él por los años de observar cómo operaban los extremistas de derecha, estarían a salvo.

En la mañana de julio cuando se reunió con Trentadue, Matthews y Dan se sentaron ante una gran mesa de madera en la oficina del abogado. Por varias horas hablaron sobre las demandas de Trentadue contra el FBI, y Matthews rememoró su época en el buró, explicando a su hijo los varios complots y villanos que encontró y por qué nunca estaba en su casa.

Al final, se levantaron para irse. Afuera, el sol era brillante y el aire, cálido. Mientras paseaban en el deportivo utilitario plateado, Matthews y Dan dijeron poco. Sólo que ahora el silencio estaba completo, y cada uno sintió que había preguntado y respondido lo que le correspondía.
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