El otro Dr. Cormillot
Adrián Cormillot en el consultorio de la clínica de Belgrano que lleva su apellido (y que fundó su padre).Sociedad /
Tuvo derecho a voto antes que al asado y probó su primera pizza de muzzarella a los 25 años. Pero el hijo del dietólogo más célebre dice que privarse del placer de comer es una "receta para el desastre".
Por Cicco
Cormillot. Ése sí que es un apellido pesado para llevar a cuestas. Adrián, uno de los dos hijos de Alberto, el dietólogo más célebre de la Argentina, no probó la pizza de muzzarella hasta que fue adulto, consumió toda su infancia TaB, un espantoso sustituto light de la Coca —"dale, así vas ahorrando calorías desde chico", lo alentaba Alberto—, y tuvo derecho a voto antes de tener el derecho a su primer asado. Para eludir grasas y por recomendación de su padre, lo reemplazaba por hamburguesas. Adrián tiene 37, no hace falta que haga mucha memoria para recordar ese asado inaugural a los 20. "Yo era víctima de mi padre, y, como te podrás imaginar, también era el centro de las bromas de mis amigos", dice Adrián, médico clínico, formado en educación terapéutica en Ginebra, panelista en el programa de TV Cuestión de peso y empleado, como es lógico, de la clínica de papá, donde atiende a 200 pacientes al mes. Habla a las corridas como Enrique Pinti. Y también es mal hablado. "Me acuerdo, boludo, que le saqué tanto a ese asado que, por cada hueso, me quedó un bocado del tamaño de un tenedor. ¡Ah!, mi primera pizza de muzzarella la comí a los 25. Antes, la reemplazaba con fugazza porque tenía prohibido el queso derretido. Pero cuando estudiaba en Suiza, no había fugazza así que probé la de muzzarella y me volvió loco".
Otro mundo, éste. Cuando su padre, Alberto, sacó su primer libro “El arte de no estar gordo”, en 1973, aún la obesidad era un mal menor —Adrián, de hecho, ni siquiera existía—. La Argentina todavía no se había coronado como octavo país con más gordos a nivel mundial, según Forbes, y nadie imaginaba que el 54 por ciento de los argentinos tendría en el futuro sobrepeso. “Para el 2050, el 50 por ciento de los occidentales va a ser gordo”, advierte Adrián. “Con la apertura de China se multiplicaron los obesos. Ellos, con una relación de 22 entre peso y altura, ya tienen complicaciones a su salud. El resto, empezamos a tener problemas con 24”.
La vida moderna, tal como está pensada, está hecha para engordar. Antes nuestras madres batían a mano, ahora hay batidora. Antes, cada vez que querían cambiar de canal, debían ponerse de pie y hacer zapping con las teclas de la tele. En un consultorio de la Clínica Cormillot, Adrián se mueve en la silla. “Ahora todas tienen rueditas. Si quiero alcanzar a la impresora, sólo me deslizo. Si alguien me habla, la giro. Antes, para hacer cada movimiento, con la silla de cuatro patas tenías que levantarte y acomodar la silla. ¡Ahora hasta para no tener que mover el mouse lo hacen con ruedita! Aún si comiéramos lo mismo que cuando mi viejo sacó su primer libro, pesaríamos más porque nos movemos menos. Un 40 por ciento de las calorías diarias las quemamos moviéndonos. A menos movimiento, más kilos”.
Adrián sostiene que el padre enseñó que el problema de la hipertensión, el colesterol y la diabetes había que rastrearlo en la obesidad. “Él siempre enseñó a comer, no a hacer dietas, pero el campo de la obesidad ya estaba dominado por mi papá”, sostiene.
En un congreso de obesidad en Australia, en 2006, Adrián vio la luz de su carrera como médico, un pequeño resquicio que dejaba la sombra de Alberto, con 50 años de carrera, 50 libros, seis colecciones de fascículos, 500 congresos más de 122 artículos científicos, fundador de institutos, fundaciones, clínicas, hospitales y revistas con su nombre, director de 25 posgrados y participación en 12 mil programas de radio. Ahí estaba en el escenario Gary D. Foster, director del Centro de Obesidad de la Universidad de Temple, hablando pestes de los drásticos planes adelgazantes. “Si quieren condenar a alguien a que sea gordo —advertía—, díganle que haga dieta”. Foster consideraba que el horizonte de los tratamientos contra la obesidad no debía estar centrado en los gordos, sino en aquellos que aún no habían cruzado la línea. La ponencia de Foster iluminó a Adrián. ¿Por qué no dedicarse a la alimentación para flacos, difundir la conciencia light y la prevención antes de que se vacíen los platos? “Entonces, empecé a dar consejos a la gente sin problemas de sobrepeso pero que podía subir kilos en cualquier momento. Y acá estamos”, dice.
Luego conoció a Kelly Brownell, profesor de Psicología de Yale, una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time, el rollizo que puso patas para arriba la industria alimentaria en Estados Unidos gracias a un impuesto a la grasa y las gaseosas. La ecuación que propuso Brownell quedará en la historia: quitar dinero a la carne grasosa y las bebidas colas y usarlo para subsidiar frutas y verduras. “De ese modo —dice Cormillot hijo— abarató los costos de alimentos saludables y además logró que la industria de la carne redujera la grasa en las góndolas para no perder dinero”.
Brownell fue el primero en hablar de ambientes nocivos alimenticios y de la dieta del yo-yo, que, a largo plazo, termina dejando más kilos encima de los que reduce, conceptos que repite Cormillot hijo como mantras. “Un grande este tipo, boludo”, se entusiasma. “Él dice que si le hacés caso a cada publicidad de hamburguesas que hay en la calle tendrías que comerte ocho al día. Las cajas deberían aclarar que las hamburguesas en exceso hacen mal, igual que las advertencias de los cigarrillos. ¿Por qué no hay ninguna cadena de comida rápida que le diga a un chico de 12 años que si pide un combo con cinco hamburguesas le va a hacer mal? ¿Por qué no se restringe a los chicos que quieran comprar bolsas grandes de papas? La manteca, la gaseosa y la papa frita son los peores enemigos para ellos. Y ahora, ¿sabés cómo le ponen en el envase de las papas fritas? ‘Crujiente de papas’. La palabra ‘frito’ es tabú”.
La Argentina está segunda en el ranking de trastornos alimentarios a nivel mundial, uno de los temas favoritos de Adrián y el corazón de La comida no engorda (Planeta), su debut editorial. “El gran problema es que las chicas consumen Tinelli y ven una birome bailando, y esto puede producir trastornos alimentarios, motivados por la ira y la culpa. Hay chicas que dejan de comer todo el día antes de salir a bailar porque sienten que tienen pancita. Y después chupan toda la noche. La imagen social está trastocada. Prendé la tele o abrí una revista cualquiera y decime: ¿hay alguna chica normal ahí? Rocío Guirao Díaz tuvo un embarazo y a los meses ya está bailando en Tinelli”.
La comida no engorda es un libro urgente y necesario, el único título de alimentación, según él, pensado para flacos. Cormillot afi rma que será muy avanzado el hombre en materia tecnológica, pero cuando se trata de alimentarse sigue en la Edad de Piedra. “No te olvides que hasta las 25, una mujer sana tiene hasta 22 por ciento de grasa. Luego, sube hasta el 31. Con el hombre es lo mismo, pasa de 15 a 23,5 por ciento. Por eso, aunque no comamos más alimentos, engordamos sin darnos cuenta”.
En apariencia, el plan de Adrián parece el más amigable de la nutrición. No propone contar calorías. Dice que no hay platos tabú. “Privarnos del placer de comer —advierte— es una receta para el desastre”. Su teoría: pequeños cambios producirán grandes cambios. Y existen distinciones psicológicas fundamentales en la gradación del apetito. “Si pasaron menos de tres horas desde que comiste o si sentís que necesitás comerte una milanesa —advierte—, eso no es hambre: es ganas de comer. Algo emocional”.
Hay consejos simples —pero quizás más fáciles de enunciar que de cumplir— y algunas revelaciones calóricas que pueden caer pesadas (ver recuadro “Cinco claves”). Adrián Cormillot dedica un capítulo al asado —ese oscuro objeto de su deseo infantil—, otro al pan y largas reflexiones sobre las galletitas. “Cuando yo como galletitas, separo la porción diaria y cierro el paquete. Soy obsesivo. El paquete no es un plato andante. No me privo de comer las dulces, pero esa conducta me ahorra una gran diferencia de calorías al día”.
Alberto leyó el libro de su hijo y se lo devolvió, según él, satisfecho. Pero con observaciones. “Papá dice que soy muy kamikaze. A él le gusta la moderación. Yo soy más lanzado. Me dijo: ‘No te pelees con tanta gente, así los editores te vuelven a llamar’. Es que cuando veo una campaña de una gaseosa que dice: ‘Destapá felicidad’ me da una bronca bárbara. Eso es engaño. O una marca que dice que comer mayonesa es divertido. ¿Alguien se preguntó por qué es divertido? El nene ve ese aviso y pide mayonesa. Esto no es menor. Cuando está en juego la salud, no es joda”. Adrián se pone de pie y avisa que hará una demostración. “Aguantame, que traigo algo y te voy a mostrar por qué la gaseosa es peligrosa”. Vuelve con una botella de Sprite Zero. “Acá dice ‘89 calorías’. Lo que no te explica claramente es que eso corresponde a la porción de 200 ml. Y esta botella, por ejemplo, tiene 600. Es marketing tramposo”.
Después de años trabajando codo a codo con su padre, dice, encontró su lugar en el mundo. “Mi viejo habla de cómo curar la obesidad. Yo, de cómo prevenirla. Además, Papá siempre fue muy sano, pero yo me inserté en el mundo normal. Es por eso que puedo contar un asado desde adentro. Yo voy al supermercado. Una o dos veces al mes, llevo a mis hijas a McDonald’s. Me encanta el Big Mac. Si ves a mi viejo en el súper, es sólo para hacer un experimento social y matarse de risa”.
Cuando Adrián llegó a la adultez y levantó la barrera de las comidas, se hizo adicto a la Coca-Cola. “De chico, si papá me veía con una Coca le agarraba un ataque de asma. Pero después no sabés lo que me costó dejarla”, admite. “Es una adicción más fuerte que la cocaína”.
Hoy, padre de mellizas y un bebé de su nuevo matrimonio, aplica lecciones aprendidas en familia y deja otras de lado. “A mi viejo agradezco haberme ayudado a incorporar frutas, verduras y arroz integral. Pero él es más talibán y nunca se sale del esquema. Yo a mis hijas las dejo que exploren gustos, coman asado o p rueben la grasa. E l domingo como facturas. Los viernes a la noche, pizza”. Sin decirlo, Adrián se refiere a la parábola de su hermana, Reneé, volcada a la protección de derechos animales, la hija de Alberto a quien el cerco al asado, la muzzarella y la militancia por la Tab la puso del otro lado del mostrador. A los 15, Reneé terminó pesando más de 120 kilos y con diagnóstico de obesidad mórbida. “Los Cormillot tenemos una genética de mierda. Mi viejo fue gordo. Yo como algo de más y ya tengo pancita. Y a mi hermana, cuatro años atrás, tuvieron que hacerle un bypass gástrico”, recuerda Adrián. “Yo quedaba en el medio de las discusiones en casa. Pero cuando mi viejo dejó de hincharle las guindas, mi hermana tomó las riendas de su alimentación y pudo cambiar”.
¿Tendrá Adrián celos filiales por Vanesa, la flamante novia juvenil de su papá, 42 años menor, y tres más joven que el propio Adrián? Nada de eso. “Los medios no saben por dónde pegarle a mi viejo. Él nunca fue figuretti. Baila tap a los 73, nunca se emborrachó. Y ahora que tiene una novia joven hacen toda esta historia. Además, mi viejo es biológicamente más joven que los periodistas que se burlan de él”. A sus amigos, Alberto les dice que piensa vivir más de 100 años. La sombra del dietólogo más célebre de la Argentina seguirá al hijo otros treinta años. Una sombra delgada, eternamente juvenil, y que le pisa a Adrián los talones, al ritmo del tap. Y de la TaB.
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