Cuando el cine se mira a sí mismo

08.02.2012 | 16.13 Comentar   |   FacebookTwitter

En Hugo, que se estrena el 9 de febrero en la Argentina, Martin Scorsese celebra el legado de los comienzos del cine francés.
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Si El artista o Hugo ganan el Oscar, lograrán revertir una tendencia de Hollywood.

Por Stephen Farber

Con la puesta en marcha de la frenética temporada de premios, los primeros elegidos despertaron una gran intriga. Los tres primeros grupos en designar las mejores películas del año —el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York, la Junta Nacional de Revisión y la prensa extranjera de Hollywood— eligieron El artista y Hugo. Ambas películas se sumergen en la historia del cine.

El artista, de Michel Hazanavicius —la cual ganó el Globo de Oro a Mejor Comedia y el premio al Mejor Actor en Cannes, además de numerosos galardones del público en otros festivales— rinde un nostálgico y creativo homenaje a la era del cine mudo. Cuenta la historia de George Valentin (encarnado magníficamente por Jean Dujardin), una estrella del estilo de Douglas Fairbanks, que es relegado al olvido por la llegada del cine sonoro.

El gran despliegue en 3-D de Martin Scorsese, Hugo, transcurre algunos años después, a principios de la década del ‘30, y narra la historia del encuentro entre un joven que vivía en la estación ferroviaria de París con un malhumorado fabricante de juguetes (Ben Kingsley) que resulta ser el olvidado pionero del cine francés Georges Méliès.

Si cualquiera de estas dos opciones gana el premio a la Mejor Película en la próxima entrega de los Oscar, que se celebra el 26 de febrero, la elección se convertirá en un hito de la historia cinematográfica. Marcaría la primera vez en 84 años que una mirada introspectiva hacia la industria del cine obtenga este premio. A lo largo de los años, los principales directores de Hollywood, así como también otros innovadores cineastas extranjeros, filmaron películas suculentas, entretenidas y a veces absolutamente brillantes sobre la industria cinematográfica. Después de todo, se trata de un tema que conocen mejor que nadie, y no es extraño que haya despertado la pasión y la creatividad de algunos de nuestros mejores guionistas y directores. Pero ni uno de los cientos de films sobre el cine fue seleccionado jamás como Mejor Película, y muy pocas han sido nominadas en las principales categorías.

No obstante, muchos exponentes de otras artes ingresaron al círculo de los ganadores. Varias historias sobre el teatro obtuvieron el galardón principal, aun remontándose a la segunda ganadora del premio a la Mejor Película, La melodía de Broadway, estrenada en 1929. Otros ganadores son El gran Ziegfeld, en 1936; Shakespeare enamorado, en 1998; y Chicago, en 2002. En 1950, hubo una contienda directa entre dos exponentes de cada uno de estos mundos: Sunset Boulevard, de Billy Wilder —un crudo retrato del paso de los años para una estrella de cine— perdió ante La malvada, de Joseph L. Mankiewicz, una mirada profunda sobre otro monstruo sagrado de Broadway.

Otras formas de arte y entretenimiento también fueron galardonadas en la categoría Mejor Película. Se llevaron la estatuilla dorada películas sobre grandes figuras de la literatura: La vida de Émile Zola ( 1937 ) y África mía ( 1985 ). La música clásica también tuvo su momento de gloria con Amadeus, en 1984. Incluso el mundo circense fue honrado con el premio a la Mejor Película a través de El mayor espectáculo del mundo, en 1952, el mismo año en que dos memorables historias sobre Hollywood —Cantando bajo la lluvia y Cautivos del mal— ni siquiera fueron nominadas.

Varias películas de otros países que pregonaban su amor por el cine fueron premiadas como Mejor Película en Idioma Extranjero: Fellini, ocho y medio ( 1963 ), de Federico Fellini; La noche americana, de François Truffaut ( 1973 ); y Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore ( 1989 ). Pero ninguna de estas tres películas fue nominada en la categoría principal de Mejor Película, a pesar de que muchas otras piezas extranjeras (incluidas Z, Gritos y susurros, La vida es bella y El tigre y el dragón) han competido por esa estatuilla.

Al hacer una revisión de todos estos desaires a lo largo de tantos años, es imposible no preguntarse si serán el resultado de un complejo de inferioridad por parte de los cineastas, que nunca se caracterizaron por su humildad. El jurado de la Academia teme que estas películas que transcurren en su propio escenario cinematográfico puedan resultar demasiado elitistas a las grandes masas, y que éstas puedan tildarlo de narcisista. La gente de Hollywood muestra una curiosa combinación de grandiosidad e inseguridad. No pueden creer que su profesión merezca el respeto que reciben los mineros (Qué verde era mi valle), los soldados (De aquí a la eternidad, Pelotón), los boxeadores (Rocky) o los mártires religiosos (Un hombre de dos reinos).

¿Podrá Hollywood finalmente enmendar sus errores este año? El artista es el actual favorito para los Oscar (con 10 nominaciones en total), aunque Hugo también tiene sus adeptos. Tal vez la Academia se sienta cómoda honrando a estos dos films, pues ambos tienen un aire extranjero. El artista es una película francesa que rinde homenaje a la historia de Hollywood, mientras que Hugo es una creación estadounidense en la cual Scorsese —un antiguo fanático y conservacionista del cine— celebra el legado de los comienzos de ese arte en Francia. La doble nacionalidad de estas dos obras resulta pertinente, ya que tanto Estados Unidos como Francia inventaron el cine prácticamente al mismo tiempo. Thomas Edison y los hermanos Lumière desempeñaron un papel fundamental en la creación de una forma de expresión completamente novedosa. Quienes amamos las películas sobre el cine nos sentiremos muy gratificados si la Academia finalmente rinde un largamente postergado homenaje a sus propios visionarios.

Sin embargo, no tenemos ninguna garantía de que esto suceda. También podría repetirse la antigua maldición, y la Academia bien podría decidir que una película sobre el 11 de septiembre (Tan fuerte y tan cerca) o sobre las víctimas de guerra (Caballo de batalla), o incluso una historia protagonizada por una estrella de cine (Los descendientes, con George Clooney; o Moneyball, con Brad Pitt, que también está en El árbol de la vida) sería más digna de recibir todos los honores. Si esto ocurriese, Hollywood estaría demostrando una vez más su desdén por una de las corrientes fundamentales de la historia cinematográfica.
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