¿Qué tiene de grandioso Cézanne?
“Jugadores de cartas” fue vendido en US$ 250 millones.Sociedad /
Un cuadro del artista francés fue vendido como el más caro de la historia del arte, pero es imposible poner los dones del pintor en palabras.
Por Blake Gopnik
Paul Cézanne es uno de los artistas más grandiosos de todos los tiempos. Y eso es casi todo lo que se puede decir de él. Tal vez eso sea lo que lo hace más grande que otros. Aunque ahora también puede decirse que es el más grandioso de todos los tiempos porque uno de sus cuadros se convirtió en la obra vendida más cara en la historia del arte, un dato concreto que, al menos en el mercado, confirma la teoría de aquellos que lo consideran un genio. Una de sus pinturas, de la serie Jugadores de cartas, fue comprada por US$ 250 millones en 2011, hecho que trascendió esta semana a partir de una nota de la revista Vanity Fair.
El cuadro fue comprado por la familia real del emirato de Qatar para lucir en el mismo Museo Nacional que alberga obras de Andy Warhol y Damien Hirst. Y, según el diario El País de España, la compra está apuntada a posicionar la ciudad de Doha como una urbe artística, de la misma forma que lo son Nueva York y París. Cabe mencionar que la serie de Jugadores de cartas incluye unas cinco variantes del cuadro, y otras están expuestas en el Musée d’Orsay y en el MoMA.
Pero dejemos las noticias recientes de lado y analicemos la situación más allá de eso. Vea casi cualquier Cézanne, en cualquier museo, y lo impresionará su poder. Y también lo dejará helado.
Tuve mi primer momento con Cézanne como un adolescente que viajaba por Europa, en el viejo museo Jeu de Paume, en la artística París. Era sólo un puñado de frutas, pintado alrededor de 1899, y también pude decir que era una pintura que recordaría toda mi vida. No pude decir por qué. Décadas después, todavía no puedo.
Uno podría decir que el buen arte habla en un lenguaje que conocemos: captamos el mensaje, luego seguimos. El gran arte parece hablar en un lenguaje extranjero que nos imaginamos que captaremos si nos sumergimos lo suficiente en él. Y luego está Cézanne, quien es como el sonido del agua al gotear, o el ruido metálico de un tren. Sólo está allí para que se lo conozca, lleno de significado y placer, pero sin esperanza de lograr alguna vez traducirlo.
Cézanne no es inefable en cierto sentido arrebatador, estético o ensoñador que lo ponga fuera del alcance de las palabras. Es condenadamente afable, no admite paráfrasis.
Cuando uno mira un trozo auténtico de la realidad —digamos, un verdadero jugador de cartas, o un frutero— no hay un argumento para resumirlo, porque hay demasiadas cosas que uno podría decir. Al ver a los jugadores de cartas en el Met en una tarde reciente, sentí que lo mismo podía decirse de Cézanne. Excepto que las pinturas añaden una capa extra de desconcierto, porque nos imaginamos que cualquier objeto hecho por el hombre que sea tan coherente, tan estructurado, tan plenamente dispuesto como un Cézanne, debe existir para ser resuelto. Al contrario de la naturaleza, Cézanne nos exige que hablemos de él mientras rechazamos toda conclusión.
Richard Shiff, uno de nuestros mayores pensadores sobre Cézanne, resume su obra de toda la vida sobre el pintor: "No pienso que mis varias explicaciones sobre lo que él estaba haciendo sean tan esenciales a lo que él estaba haciendo". T. J. Clark, conocido por sus lecturas que redefinieron el arte francés, esperó hasta los finales de su carrera para embarcarse en Cézanne. "Uno se obsesiona con la sensación de que no quiere ser definitivo", dice él. "Ninguna referencia en la pared jamás será suficiente para Cézanne".
Con la mayoría de los rivales de Cézanne, aun cuando sean soberbios, hay ciertas banalidades que decimos y que también resultan ciertas: Miguel Ángel tiene que ver con el drama cósmico y los cuerpos heroicos; Monet tiene que ver con la luz, el manejo del pincel y la vida francesa moderna. Con Cézanne, no tenemos el apoyo de las perogrulladas. O más bien, las que sí nos salen están todas equivocadas. "Cézanne reduce el mundo a unos cuantos sólidos geométricos", algo ridículo para cualquiera que vea realmente su colección de formas. "Cézanne simplemente miró más detenidamente el mundo que otros artistas", algo absurdo para cualquiera que reconozca cuán poco se parece mirar una manzana de Cézanne a mirar una real. "Cézanne tiene que ver sólo con la composición y el color", algo imposible, dado cuánto se esforzó para hacer que sus jugadores de cartas se vieran exactamente como humanos.
Las muletas del estilo tampoco nos sirven. No hay un "ismo" en el cual encajar a Cézanne: no es impresionista, aunque es de esa generación; y tampoco pertenece al modernismo, sin importar cuánto de él hayan tomado los cubistas. Así y todo, superó a Jackson Pollock, cuya obra Número 5 había sido vendida en US$ 140 millones; y a Gustav Klimt, con los US$ 135 millones de su Retrato de Adele Bloch-Bauer. Incluso superó a Pablo Picasso, que había descendido al tercer lugar del ranking con Desnudo, hojas verdes y busto, vendida en US$ 106,5 millones.
Así como ellos, hay otros artistas que nos intrigarán por siempre —James Joyce, Arnold Schoenberg—, pero esa perplejidad parece derivar de su complejidad deliberada. Pareciera como si Cézanne hubiera querido mantener las cosas simples, pero no pudo. Tocándose la cabeza, él dijo una vez: "La pintura… está aquí dentro". La gloria de su arte es que, sin importar cuánto lo intentemos, nunca podemos verla del todo.
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