Gingrich, el candidato de la ira

08.02.2012 | 15.58 Comentar   |   FacebookTwitter

Hijo de padres adoptados, fue a su vez criado por un padrastro.
Mundo /  Asegura que trata de parecer "definitivo" y no "enojado", pero su actitud lo llevó a ser objeto de una avalancha de propaganda negativa, además de posicionarlo como un peligroso orador.
Por Lloyd Grove

Newt Gingrich insiste en que no está enojado.

Sin duda, está desilusionado por la falta de sustancia y urbanidad en el discurso político de Estados Unidos. Indignado con la influencia de la élite de los medios de comunicación, Wall Street y el orden de Washington, decidida a proteger su poder y sus privilegios. Sorprendido de que Mitt Romney, el favorito republicano para la contienda presidencial y el candidato elegido de ese partido, distorsionara y fingiera —gastando decenas de millones de dólares para denostar a Gingrich en televisión— al servicio de su inmensa ambición. Pero no enfadado.

"No. La cólera lo convierte a uno en algo trivial", declaró Gingrich a Newsweek mientras su colectivo azul de campaña, adornado con una foto gigante de su cabeza, recorría una autopista de Florida. "Pienso que esto perjudica la capacidad de Estados Unidos de gobernarse a sí mismo".

La crítica de Gingrich hacia el liderazgo fallido le exige mirarse al espejo. Como presidente de la Cámara de Representantes (Diputados), en noviembre de 1995 se jactó de haber organizado una paralización del gobierno federal porque el presidente Clinton lo desairó en el avión presidencial —relegándole la parte posterior del avión y haciéndolo desembarcar por la puerta trasera durante un viaje—. "Es algo insignificante", dijo Gingrich, "pero creo que es algo humano".

Absolutamente humano —un caldero bullente de apetitos y emociones—, y la dispepsia nunca está muy lejos de la superficie. Es algo heredado. En un perfil de Vanity Fair, en 1995, poco después de ascender a la presidencia de la Cámara, habló con Gail Sheehy acerca de su solitaria infancia como hijo de una madre maniacodepresiva, hijo adoptivo de un oficial del Ejército que, siendo su padrastro, lo rechazaba; y el padre biológico de Newt fue adoptado por sus propios padres y abandonó a Newt.

"Mi padre creció siendo una persona muy enfadada", dijo Gingrich a Sheehy. "Newt padre era físicamente enorme... Mi madre le temía mucho. Así que decide presentar una demanda de divorcio. Él trata de disuadirla, fracasa, la atemoriza más, así que se divorcia de él y se casa con Bob Gingrich, que también es adoptado... Así que ésos son los antecedentes, y las personas suponen que soy una especie de irracional neandertal de derecha sin contacto con la realidad. Digo, ¡soy adoptado! ¡Mis dos padres son adoptados!".

Fue al cumplir los 16 años que Newt se enteró de que su padre biológico se había mostrado muy feliz al renunciar a él, acordando su adopción por otro hombre y permitiendo que el apellido del niño fuera cambiado a Gingrich. "Estaba furioso", le dijo a Sheehy, "porque me di cuenta... de que mi verdadero padre había aceptado mi adopción". Gingrich puede estar orgulloso de haber superado los obstáculos de su infancia —y comprensiblemente ofendido ante la forma en que su autodisciplinado, rico y apuesto rival, el exgobernador de Massachusetts, ha menospreciado sus logros y destruido su carácter—. El físicamente apto Romney —quien, a sus 64 años, pertenece a la misma generación que el rollizo Gingrich, de 68 años, pero parece más de una década más joven— le negó una segunda victoria en las elecciones primarias después de Carolina del Sur y le administró una despiadada paliza en Florida y más allá. La campaña de Romney y el Supercomité de Acción Política a favor del candidato mormón, denominado Restituyendo Nuestro Futuro, mantuvieron su bota colectiva sobre la garganta de Gingrich mucho más allá del intervalo que muchos habrían creído necesario, e incluso correcto, y no muestran indicios de retirarlo. "No pueden hacerlo", dijo Gingrich, "porque saben que en el momento en que lo hagan, los derrotaré. Mire las encuestas nacionales. Siempre que Romney no arroja tierra, pierde. No tiene la capacidad de fortalecerse. Ni idea digna de recibir apoyo".

Gingrich añadió: "No trato de parecer enfadado. Trato de parecer definitivo. ¿Duro? Sí. ¿Enojado? No. Mitt Romney es quien es". Sus palabras, tomadas en sentido literal, equivalen a un grito primordial. Pero son pronunciadas con un aire de imparcialidad, como si luchara por desempeñar el papel de "historiador" (como este antiguo profesor de secundaria y catedrático universitario suele definirse a sí mismo) analizando la dinámica política prevaleciente. De hecho, Gingrich afirma que respaldará a Romney si obtiene la candidatura. "Desde luego, no es tan malo como Obama. Uno no puede reducir el futuro de Estados Unidos a la personalidad". Sin embargo, Gingrich es cada vez más un vehículo para la queja populista: el Candidato de la Ira.

"Probablemente no tanto como lo estaremos", señaló Gingrich mientras presentaba su plan de juego para la acumulación de delegados en las contiendas proporcionales primarias y del comité político durante febrero y marzo en algunos estados del sur, especialmente Georgia, su lugar de residencia, en la elección de delegados durante el supermartes del 6 de marzo, cuando cree que tiene la oportunidad de resucitar. "Quiero decir, lo que tenemos ahora es un candidato muy liberal [Romney] que se esconde detrás de una ola de anuncios negativos, pagado por Wall Street".

Desde hace mucho, Gingrich posee un sentido depredador del oportunismo. De ahí que sus intentos de aprovechar las recientes meteduras de pata de Romney (por ejemplo, espetando que "no le preocupan los extremadamente pobres") podrían terminar produciendo frutos. Sin embargo, el lastimoso desempeño de Gingrich en los debates de Florida ocultó su presentación anterior como un maestro del espectáculo. Planea dedicar las semanas antes del próximo debate —el 22 de febrero— a presentar a Romney como un mentiroso. "La gran sorpresa para mí —afirmó Gingrich— fue la capacidad de Romney de decir cosas tan falsas. No había forma de enfrentarlo en un discurso civilizado...". Si Romney es así, ¿entonces por qué no limitarse a enfrentarlo? "Uno tiene que llevar al público hasta ese punto", respondió Gingrich. "Estamos trabajando en eso... Quiero que el público llegue a comprenderlo por sí mismo: está a punto de ver a un tipo honesto debatir con un tipo deshonesto".

Esto es un acto de fe ciega. Gingrich —como Romney al enfrentar temas tan inconvenientes como su mandato sobre la atención sanitaria en Massachusetts, su accidentada carrera en Bain Capital, sus declaraciones fiscales y sus declaraciones incompletas de sus estados financieros— se ha visto obligado a participar en todo tipo de revisionismo mágico. Gingrich proporcionó diversas explicaciones improbables para sus honorarios de US$ 1,6 millones por su asesoría a Freddie Mac, su apoyo para un mandato federal relacionado con el seguro médico recién en 2009, y su aviso televisivo en el sofá con Nancy Pelosi a favor de una legislación que aborde el calentamiento global. A diferencia de Romney —quien, como no se cansa de repetir, está casado con la misma mujer desde hace 42 años—, Gingrich contrajo matrimonio con su tercera esposa, Callista, después de un amorío extramarital de siete años. Arrastra tantos antecedentes personales al escenario nacional que uno de sus copresidentes en la campaña de Tampa, Michael Goldrick, exhortó en un mitin: "Roguemos a Dios que arroje esto por encima de su hombro hacia su océano de misericordia".

Charles Bass, representante de Nuevo Hampshire, quien llegó con la generación de 1994 de la "revolución de Gingrich" que restituyó el reinado republicano después de cuatro décadas como minoría, recuerda que Gingrich renunció a la presidencia y a su escaño en la Cámara "porque tenía sus propios problemas. Sabía que no podía contar con el apoyo de la conferencia que avanzaba hacia el próximo Congreso debido a la hipocresía percibida de su propia vida en comparación con la del presidente Clinton". Robert Walker, presidente nacional de la campaña de Gingrich, ofrece una versión diferente de la partida de Gingrich, diciendo que pudo haber obtenido suficientes votos para mantenerse como presidente, pero pagando el inaceptable precio de apaciguar a la vieja guardia y anulando reformas como los límites de mandatos para los presidentes de comité. Mientras que la campaña de Romney sacó provecho del número absoluto de los miembros republicanos de la Cámara que no podían soportar el estilo de liderazgo de Gingrich y que ahora están dispuestos a llamarlo "errático" y "poco confiable" ante los medios de comunicación, Gingrich reclutó a los veteranos del congreso J. C. Watts, Bill McCollum y Dan Burton para dar el testimonio contrario. "Newt y yo tuvimos muchas peleas fulminantes, y él puede ser un pugilista", afirma Burton, que representa al quinto distrito de Indiana. "Pero siempre estaba dispuesto a usar la razón y llegar a una decisión".

La maquinaria publicitaria de Romney —y el favorito mismo— atribuyen la partida de Gingrich a las sanciones éticas de Cámara del año anterior, diciendo una y otra vez: "Renunció en desgracia". Bass, un partidario de Romney, insiste en que Gingrich le agrada —a pesar de lo cual, piensa que "una presidencia de Gingrich sería entrópica"—. Gingrich es "inteligente, un pensador, tiene muchas ideas interesantes, es innovador, es declarativo", dice Bass, que perdió su escaño durante el aplastante triunfo demócrata de 2006 y lo recuperó en 2010. "Es un buen profesor".

En algunos aspectos, la disputa de las elecciones primarias de 2012 presenta a Gingrich como el análogo republicano del candidato demócrata Jerry Brown, en 1992, aspirante a ser el candidato sin posibilidades de ganar, pero que podía hacer que el otro perdiera, quien atacó a Bill Clinton hasta el inicio mismo de la convención. Gingrich comparte con el antiguo y actual gobernador de California, que prosperó en el orden establecido de ese estado como el hijo del gobernador Edmund Pat Brown, una aversión retórica hacia el corrupto sistema que antes lo recompensó, un temperamento voluble, un sentido del destino, una trayectoria profesional llena de altibajos y una debilidad por las modas intelectuales y por las ideas políticas estrafalarias. El apodo de Brown durante su primer período en Sacramento era Gobernador Rayo de Luna. Después de que Gingrich propuso en un discurso que Estados Unidos reavivara su programa espacial tripulado fundando una colonia sobre la superficie lunar, podría ser conocido fácilmente como Presidente Rayo de Luna.

Pero la ira y el resentimiento son sus mensajes del momento. Nada menos que una defensora del rencor populista —Sarah Palin— cuyo marido, Todd, apoyó al ex presidente de la Cámara y ha estado haciendo llamadas telefónicas en su nombre, instó a sus seguidores a que voten por Gingrich para "enfurecerse contra la maquinaria".

Larry Sabato, especialista en Ciencias Políticas de la Universidad de Virginia, conoce a Gingrich desde hace dos décadas y afirma que la cólera y el rencor han motivado mucho al candidato. "Desde la década de 1990 él tenía mucho rencor", dice Sabato. "Contra Bill Clinton por no tratarlo como a un igual. Contra muchos de los miembros de su propio comité político por haberlo derribado [al obligarlo a renunciar a la presidencia de la Cámara después de las decepcionantes elecciones intermedias de 1998]. Tenía rencor contra el Partido Demócrata porque siempre criticaba todo lo que él hacía. Siente que nunca ha sido reconocido por sus talentos y que sus logros siempre fueron denigrados".

Sabato añade: "Esta nueva iteración de Newt Gingrich es como el candidato del Partido del Té. Es el instrumento populista de la cólera del Partido del Té, y ahora mismo esa cólera está dirigida no hacia el presidente Obama, sino hacia el orden establecido del Partido Republicano". Es un hecho que ha sido representado en los últimos días en el equivalente de campaña del combate cuerpo a cuerpo. Varios sustitutos de Romney acuden a sus mítines permaneciendo en segundo plano y atacando a su antiguo colega ante la prensa acreditada. El candidato mismo manifiesta sangre fría ante estos intrusos. "Es un país libre", dice, encogiéndose de hombros.

Fue esa clase de guerra de guerrillas en la que Gingrich mismo habría participado hace más de 30 años, cuando era un frenético diputado que acusaba a los demócratas de la Cámara de corrupción y ceguera ante el comunismo, de ser vergonzosos y enfermos traidores dispuestos a destruir a Estados Unidos. Gingrich dice que ahora tiene un mayor control de sí mismo, y si pierde la paciencia ocurre fuera de la vista del público.

Sus denuncias contra la "cruel" élite de los medios de comunicación son un truco; en realidad disfruta la compañía de los periodistas, sabe qué necesitan, y está dispuesto a dárselo. En ocasiones, puede encontrársele en el bar bebiendo una cerveza y bromeando con sus supuestos enemigos al final de un largo día (a diferencia de Romney, devoto mormón y abstemio, y decididamente indispuesto a chismorrear con los medios).

A pesar de su agraviado mensaje político, Gingrich parece cómodo en su matrimonio de 11 años, complacido por ser un amoroso abuelo y padre de dos hijas adultas que trabajan en su campaña. La importancia de Callista, a quien empezó a ver a escondidas cuando era un caudillo minoritario de 49 años y ella, una empleada de 26 años de la Comisión de Agricultura de la Cámara, no puede ser sobrestimada. "Bueno, ella es increíblemente importante para mí", confió Gingrich mientras su esposa escuchaba. "¡Muy importante!", gritó, y ambos rieron. "Estoy más calmado cuando ella está cerca de mí", continuó Gingrich, mientras el colectivo salía de un complejo habitacional donde acaba de realizarse un mitin con 5.000 jubilados. Callista pidió al conductor que tocara la bocina dos veces como señal de despedida. "Tiene un muy buen sentido del ritmo", prosiguió. "Es disciplinada y profesional. Muy buena para trabajar con las multitudes. Es muy buena para prestar atención a las personas. Al mismo tiempo, tiene un sentido muy alto de los estándares profesionales. Si usted mira el logotipo en el costado del autobús, realmente lo mejoró. Así que hay muchos lugares donde ella interviene y hace arreglos constantemente". ¿Hace mejoras a Gingrich? Callista se echó a reír otra vez, y su marido también lo hizo. "¡Constantemente! Comenzando con el cabello".

Sin embargo, ni siquiera los cuidados maternales más dedicados son capaces de curar todas las heridas. En cierto sentido, Gingrich sigue siendo el niño necesitado y solitario, y busca el amor en muchos de los lugares equivocados. Los miembros del orden establecido del Partido Republicano, sus padres metafóricos, volcaron su cariño en Mitt. Responden a la búsqueda de Newt tratando de destruirlo. Pero él mismo no puede ceder —ello equivaldría a la muerte psíquica—. Así que sigue al pie del cañón, arrastrando los pies hacia su última oportunidad.
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