Los mundos del escritor

01.02.2012 | 22.12 Comentar   |   FacebookTwitter

Eduardo Berti se vio fascinado por la cultura china, y lo plasmó en su última novela.
Entrevistas / 

Eduardo Berti habla de su fascinación por la cultura china, plasmada en el país imaginado, ganadora del Premio Emecé. Las ciudades irreales de sus novelas y las reales de su vida. Su método de escritura. Los galardones y el prestigio.

Por Ana von Rebeur

No es extraño que Eduardo Berti ambiente sus historias en lugares y épocas por demás disímiles —y hasta irreales—. Su primera novela, Agua, transcurre en una ciudad inventada de Portugal; y la segunda, La mujer de Wakefield, en la Londres de principios del siglo XIX. La última resume en su título ese espíritu: El país imaginado, ganadora del premio Emecé, se sitúa en China durante la década de 1930. "No es una China ciento por ciento real —dice el autor—, porque no me interesó escribir una novela de documentación histórica; tampoco es un país ciento por ciento imaginario, porque al mismo tiempo me documenté con absoluta libertad. Una especie de ‘documentación poética’. Más bien se trata de una mezcla de ambas cosas: un país imaginado".

Porteño, futbolero y tanguero, Berti se vio cautivado por la cultura china. "Es muy supersticiosa y, curiosamente, muchas de las supersticiones tienen que ver con homofonías: con dos palabras que suenan igual —salvo, a menudo, un matiz tónico—", cuenta. Pero también lo fascinó la práctica de escritura secreta llamada nü-shu. "En la antigua China las mujeres tenían prohibido escribir, entonces remediaron el asunto —burlaron la ley— inventando un sistema paralelo que, a los ojos de los hombres, eran simples líneas de bordado en un almohadón o en una tela".

¿Cambia la escritura de un relato al ser protagonizado por una mujer?

No creo que la escritura tenga que cambiar por eso. A mí no me ocurrió así, en todo caso. Lo que sí me representó un desafío fue narrar esta historia adoptando la primera persona de una mujer que, además, proviene de otra época y de otra cultura. No estuve convencido de que iba a poder escribir este libro hasta que no sentí que había "conseguido" esa voz, la de la narradora.

¿Qué aporta a su carrera ganar un premio como el de Emecé?

La verdad es que yo voy pensando libro a libro, porque no me gusta pensar en términos de carrera, pero sé que el premio aporta a esta novela en particular un buen empujón: tanto por los jurados y por la editorial que la avalan como por la visibilidad que le da un premio a toda obra ganadora. Sobre todo en estos tiempos, en los que las novedades duran cada vez menos en las mesas de las librerías porque el ritmo de lanzamientos es cada vez más vertiginoso.

Pero imagino que siempre es una agradable noticia. ¿Lo hubiera frustrado no ganarlo, como con Todos los Funes, que fue finalista Herralde?

No me frustró en absoluto haber sido el segundo del premio Herralde con Todos los Funes. Al contrario: lo viví como una gran victoria, dada la calidad del premio. En cuanto al Emecé, la noticia no me pudo caer mejor. Máxime porque, además del premio "oficial", tuve uno extra que es invalorable: infinidad de mensajes de colegas y amigos, muchos de ellos llenos de afecto.

¿Se puede ser escritor prestigioso sin ganar premios literarios?

Por supuesto. Y también al revés. Un premio no garantiza nada. Y hay premios de más prestigio que otros, además.

¿Cuál de sus libros es su favorito?

El favoritismo va cambiando con los años y con los nuevos libros que voy escribiendo. Pero tengo un cariño especial por La vida imposible, un libro de cuentos hiperbreves (de una o dos páginas) que editó también Emecé, hace una década. Sospecho que ese afecto especial se debe, entre otras cosas, a que tardé más de quince años en escribir ese libro porque iba acumulando cuentos breves en paralelo a la escritura de mis novelas e incluso de mis relatos de extensión más ortodoxa. Digamos que tuve una convivencia más prolongada con ese libro.

¿Qué diferencia hay entre escribir cuentos breves y novelas?

En lo personal, escribir cuentos es algo más ágil que crear novelas. Me gusta alternar las dos actividades o, incluso, tomarme un respiro en medio de una novela y escribir un relato. Al margen de esto, siento que en mis cuentos breves tiendo más a trabajar situaciones —incluso situaciones "extrañas"—, mientras que en las novelas tiendo más a indagar a partir de un personaje. Pero no creo que sea el único al que ocurre esto último.

¿Tiene todo el argumento y el final en la cabeza antes de comenzar a escribir, o lo desarrolla en el proceso?

Tengo un argumento tentativo, pero estoy abierto a todos los cambios que vayan apareciendo. Por lo general tengo en claro un inicio y una idea de final —o, a lo sumo, dos posibles finales—, pero ignoro cómo será el tránsito de una situación a la otra, cómo será en términos de acciones concretas y también en términos de emoción. Y me parece que es bueno que ocurra esto, porque no sé si yo tendría la misma necesidad, la misma urgencia de escribir el libro si lo supiera absolutamente todo de antemano.

¿Todas sus ideas para libros son aceptadas sin chistar por los editores? ¿O tiene que convencerlos?

Yo no presento ideas a mis editores. Les presento el libro una vez terminado. Y la verdad es que jamás me ocurrió que un editor me propusiera un tema o una idea para una novela… No sé si a otros autores les ha ocurrido algo así. Me parece que eso suele ser corriente solamente en el caso de los bestsellers o también en el caso de algún libro de cuentos, de alguna antología que se está preparando en torno a un tema central. Una vez, por ejemplo, me invitaron a que escribiera un "cuento erótico" para una antología. Hice lo que pude. Quiero decir: hice cualquier cosa menos lo que ellos seguramente consideraban erótico, sin dudas, pero salió un relato que me gusta mucho, a tal punto que lo incluí en mi último libro de cuentos: Lo inolvidable.

Vivió en Francia y ahora en España. ¿Se adaptó, lo adoptaron bien, o siempre queda un resto de no aceptación al inmigrante?

En Francia pasé casi nueve años y siento que me adapté y que me adoptaron bastante, a tal punto que terminé dando talleres de escritura en francés para franceses y fue un aprendizaje impresionante para mí… bueno, ¡espero que para ellos también! Llevo unos tres años en España y la verdad es que, por ahora, me encuentro muy a gusto en Madrid. Siento como si hubiese vuelto a la casa de mi abuela materna, que era española. En el medio, antes de instalarme en España, pasé un tiempo de nuevo en Buenos Aires: tuve un hijo, fundé una editorial (La Compañía) y sólo me faltó plantar un árbol para ser fiel al dicho, ¿no?

¿Por qué se fue de París a Madrid?

Porque quería cambiar y hacer una experiencia diferente. Porque París es una ciudad fascinante y maravillosa, pero muy dura al mismo tiempo… Una especie de amante hiperexigente que te brinda grandes satisfacciones pero que te cuesta muy cara, no sólo en términos de dinero. Y porque Madrid era una deuda pendiente.

¿Desde afuera puede ver al país con otra perspectiva?

Tal cual. Uno relativiza mucho las cosas porque ha tomado distancia y entonces puede valorar lo que hasta entonces era "normal" o cotidiano, comparándolo con otras costumbres culturales y sociales.

¿Qué extraña de la Argentina?

El afecto de los amigos, además de ciertos detalles pintorescos: los cafés de Buenos Aires, las discusiones futbolísticas…

¿Cómo fue el proceso de cronista de rock y tanguero a novelista premiado?

Me resisto a razonar de esta manera, como si hubiera diferentes personas en mí. Yo me ganaba la vida escribiendo sobre música popular en Página/12 —y lo hacía con inmenso placer, porque siempre fui un melómano— o haciendo documentales de tango y rock argentino mientras, en simultáneo, escribía cuentos y trataba de escribir mi primera novela. Y las dos actividades siempre se retroalimentaron.
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