Lo que “La dama de hierro” no cuenta
La guerra de Malvinas fue como un salvavidas para Thatcher.Mundo /
La película es excelente, pero omite detalles importantes.
Por Fernando Scornik Gerstein
"La dama de hierro" es una película excelente, y la visión que da de la actuación pública de Margaret Thatcher es básicamente correcta. Sin embargo, omite detalles importantes.
En primer lugar, el éxito inicial de Thatcher como primera ministra no puede entenderse sin conocer la situación que vivía el Reino Unido bajo el laborista James Callaghan. El laborismo había hecho lo que suele hacer la izquierda: en lugar de promover reformas que afectaran la distribución de la riqueza –como gravar la renta del suelo y destruir el poder de los monopolios– interfería con el comercio y con la libre circulación de bienes. Esto llevó a lo que se llamó "The Winter of Discontent", el invierno de 1978/1979.
Derrotado el laborismo en los comicios de 1979, asumió Thatcher como primera ministra. Sus primeras medidas destinadas a liberalizar el comercio y el movimiento de dinero funcionaron como si le hubiera quitado al país un chaleco de fuerza: la economía comenzó a respirar.
Pero Thatcher, imbuida de una ideología ultraconservadora, no tuvo en cuenta las injusticias de una liberalización sin controles: aumentó el desempleo, se incrementaron las rentas inmobiliarias y los trabajadores perdieron poder de negociación. Ya para 1981, el gobierno de Thatcher estaba totalmente desacreditado.
En 1982, la Junta Militar argentina invadió Malvinas y Thatcher se agarró a la guerra como a un salvavidas. Se ocultó a la opinión pública que los ingleses habían ocupado las islas por la fuerza y se apeló al tradicional patriotismo británico. Thatcher acusó al Gobierno argentino de fascista y ocultó su pacto con Augusto Pinochet. Después (eso lo muestra la película) ordenó fríamente hundir el Belgrano desatando represalias argentinas y causando cientos de muertes. Y envió, "dolorida", cartas de condolencia a las víctimas. La guerra terminó salvando su gobierno y sus ecos –conscientemente explotados– le permitieron ganar las elecciones de 1983 y 1989.
Pero Thatcher, en pleno frenesí conservador, comenzó a liquidar las "council houses", las viviendas que, en toda Inglaterra, se arrendaban a precios bajos en general a gente trabajadora. Decidió venderlas a sus ocupantes. Dijo en el Parlamento: "Se vendieron como tartas". ¿Qué esperaba? Entre un privilegio para toda la vida y un arrendamiento la gente no es tonta: prefería el privilegio. A partir de ahí, el problema de la vivienda se agravó.
En 1989 introdujo la reforma que habría de ser su mayor error: dispuso reemplazar el tradicional impuesto a la propiedad británico –llamado popularmente rates– y que se calculaba sobre el valor de renta anual de cada propiedad, por un impuesto personal, el Poll-Tax. Es decir que en una casa donde había cuatro personas y se pagaba un impuesto (las rates) ahora se pagarían cuatro impuestos, uno por persona. Se creaban 10 millones de nuevos contribuyentes y además se transfería la carga impositiva desde la renta del suelo (pues la parte del león del valor de una propiedad es el sitio que ocupa) al bolsillo de los trabajadores. Además, al desaparecer el impuesto a las rentas inmobiliarias, los propietarios comenzaron a incrementar las rentas. El resultado fue un levantamiento popular que dejó 113 heridos y 300 detenidos, sólo en Londres.
Asimismo, la posición anti-europeísta de Thatcher la había malquistado con muchos dirigentes de su partido. Son los propios conservadores quienes inician un procedimiento para reemplazarla como líder y, frente a la imposibilidad de ganar, presenta su renuncia. Asume entonces John Major y los conservadores vuelven a ganar las elecciones, salvando a duras penas el pellejo.
Thatcher, en materia de economía, tenía sólo unas pocas ideas básicas y un desconocimiento de cómo funciona el sistema capitalista y las injusticias que puede engendrar. Sólo así se explica que haya seguido con el Poll-Tax, pese a la oposición de sus ministros, y que hasta vaticinara en el Parlamento que sería "un impuesto muy popular". En el fondo, más allá de su formación en Oxford y su posterior diploma como "barrister", yo creo que sus experiencias de juventud en la tienda de su padre marcaron su carácter y su visión de pequeño comerciante. Siempre es bueno recordar lo que dijo Adam Smith, el padre de la Economía Política: lo peor que puede suceder a un país es que gobiernen los comerciantes, que sólo buscan el provecho propio.
No creo, por supuesto, que Mrs. Thatcher pensara en su propio provecho, pero sí creía que enriqueciendo a un sector de la sociedad beneficiaría a todo el país. Evidentemente, no fue así.
Scornik Gerstein es un abogado argentino residente actualmente en Madrid, "solicitor" de la Corte Suprema de Inglaterra y Gales. Autor de "El Poll-Tax y la caída de Margaret Thatcher" (ICE, 2008).
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