Cantor de las dos orillas
Alfredo Zitarrosa.Espectáculos /
El 9 de febrero de 1976 Alfredo Zitarrosa decidió exiliarse a la Argentina, y luego a Madrid. En este fragmento de su biografía homónima (Ed. Continente), un repaso por aquel período trágico de su vida.
Por Guillermo Pellegrino
En el epílogo de 1975, ya hacía tiempo que se habían exiliado muchos cantores y hombres vinculados a la cultura. Combativo también desde su silencio, Alfredo Zitarrosa aún vivía en el Uruguay. "Permanecí obstinadamente en el Uruguay pensando que podía ser útil militando en una u otra corriente de las que integraban el Frente Amplio. Por cinco años estuve impedido de presentarme en recitales y vi marcharse por presiones políticas a unos, por razones económicas a otros, a muchos de los artistas de nuestro gran movimiento de la canción popular. Al principio, me entrevistaba alguna de las pocas estaciones de radio que podía hacerlo y difundía que yo estaba en Montevideo tomando mate. Era muy significativo, pero llegó un momento en que ni hablar fue posible. Carteles y leyendas pintadas que decían ‘Fuera Zitarrosa’ aparecieron en mi barrio; también, varias veces, molestaron por teléfono a mi familia. La oligarquía se había dado cuenta de que si nos daba tiempo para otras elecciones, en cuatro años más íbamos a ser gobierno", recordaba años después en una entrevista aparecida en el suplemento cultural del diario El País.
A principios de 1976, a Alfredo Zitarrosa se le hizo insostenible la prohibición de su canto. La barrera de la censura no solo cayó en su producción artística, sino que se hizo extensiva a la tenencia de sus materiales discográficos y a la difusión de sus canciones. Acorralado y ya convencido de que su voz y su mensaje serían más productivos en el exterior, Alfredo decidió, el 9 de febrero de 1976, exiliarse. Optó por afincarse en la cercana pero a la vez remota Buenos Aires.
Al mes y medio, el 24 de marzo, se produjo en la Argentina un nuevo golpe de Estado. Lo que se insinuaba se hizo realidad. Zitarrosa tenía claro que en ese país, en esa coyuntura, sus días estaban contados. Lograba algo de oxígeno en alguna salida al exterior como cuando junto a tres de sus guitarristas –Gualberto López, Vicente Correa y Eleodoro Villada– partieron rumbo a San Pablo. Fue en esa ciudad brasileña que se gestó su famosa canción "Stefanie", de un hecho real en el que la protagonista fue una prostituta. Alfredo logró unir, en esta canción, dos temáticas (la protesta y el amor) a las que muchos consideraban enfrentadas y hasta incompatibles. Varios artistas, tal vez influenciados por esa convulsionada década del 70, ponían una temática por encima de la otra. Zitarrosa tenía, en cuanto a esta disyuntiva, un concepto claro: "Una canción de protesta no es más necesaria que una canción de amor, ni esta es necesariamente más bella que la canción rebelde, mientras la rebeldía se someta de buen grado –en tanto canción– al rigor de una norma estética".
(...) Es imposible ver a Zitarrosa descontextualizado de su pensamiento, sentimiento y convicciones, porque esa característica es la que estructura su personalidad. Vivió preocupado por el dolor de la gente, por la injusticia social y por la necesidad imperiosa de una solución a esa problemática.
Le dolía la felicidad. "Es cierto que tengo el temor de ser demasiado feliz. Yo siento que me gano la vida demasiado fácilmente, mientras a la mayoría le es tan duro. Hay tanta gente desdichada, tanta gente que no come, gente que no gana lo indispensable. Ser feliz es como una falta de respeto. Casi un deshonor. ¿Cómo se puede ser feliz en un mundo con tanta gente muerta injustamente, desaparecida, exiliada?".
Al volver del Brasil, el clima en la Argentina no era el más propicio para ciertos artistas. Y para muchos uruguayos comenzó a enrarecerse aún más luego de que en Buenos Aires asesinaran a los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. La familia Zitarrosa no recibió –en toda su estancia en la Argentina– ninguna amenaza telefónica, aunque comenzó a notar movimientos extraños cerca de su domicilio. El seguimiento del cual fue objeto Zitarrosa se confirmó veinte años después, cuando se revelaron los archivos secretos de la Operación Claridad. Su fin era la depuración ideológica en el ambiente artístico, cultural y educativo. En una larga lista aparecía el nombre del cantor.
Debido a la difícil situación que reinaba en la Argentina, Alfredo decidió irse a España, segunda etapa de su exilio. En el programa de sus últimas presentaciones en Buenos Aires, explicaba lo duro que era hacer, obligado, las valijas: "Mucha, muchísima gente, hombres y mujeres, familias enteras, profesionales, técnicos, obreros, jóvenes –fundamentalmente nuestros jóvenes–, poetas, actores, músicos, cantantes, escritores e intelectuales uruguayos, han abandonado nuestro país en los últimos tres años. Yo mismo, finalmente, privado de cantar durante todo este tiempo, un día opté por irme también, en febrero pasado. Ninguna decisión me había costado tanto, en toda mi vida; nunca antes había tomado una resolución tan difícil, tan dolorosa, ni que afectara tanto mis relaciones con el medio y mi familia, con mis compatriotas y hasta conmigo mismo, en esa personal relación que uno tiene con la propia conciencia, toda vez que, lejos de mi patria, suponía que no podía vivir".
Alfredo se radica en Madrid, en una España que acababa de salir de la pesadilla en la que comenzaba a sumergirse la Argentina. Tras casi cuatro décadas de dictadura franquista, el país volvía a respirar aires democráticos. "Cuando ya no podía más y decidí abandonar el Río de la Plata, pensé en Venezuela por razones económicas y profesionales; pero como ya conozco bien el continente sudamericano, me interesó más conectarme con el continente europeo", explicó Alfredo a un periodista madrileño de El Diario, quien lo entrevistó a poco de haber llegado.
Por esos días, a Alfredo lo convocaron para actuar en un espectáculo organizado por la Unión General de Trabajadores. En él participaría también un joven y entonces desconocido cantante español, de nombre Joaquín Sabina, quien recuerda: "Así fue, en esa oportunidad invitaron a un idiota, que era yo. Se tocaba en un aula en la que habría unos doscientos obreros que a la hora del bocadillo iban a ver a unos cantantes desconocidos. Yo toqué lo que tocaba en ese entonces, y cuando terminé anunciaron: ‘Ahora vamos a presentar a un cantante uruguayo, exiliado: Alfredo Zitarrosa’. Entonces apareció un tipo de traje, de pelo engominado, con cara de representante de pompa fúnebre. No tenía idea de quién era, lo vi y no entendí nada. Entró, se sentó y se puso una copa al lado. Traía un tocadiscos bastante primitivo. Colocó la púa y empezó a sonar ‘Guitarra negra’ sin voz… Él empezó a recitar esos versos ante varios obreros que no tenían idea de lo que hablaba y ante un hippie con pelo largo y barba, que quería ser Bob Dylan y que estaba muy lejos de su estética. Durante los primeros diez segundos la gente se miraba, yo también estaba un poco sorprendido. Al tercer verso, quedé petrificado: ‘¿de dónde salió este marciano?’, pensé. Así hasta que acabó. Nunca vi nada más emocionante en mi vida. Desde entonces, lo amo. No lo saludé, ni tampoco le dije nada. Al día siguiente salí a buscar discos de él".
Los dos años y medio que duró la etapa española fueron los más difíciles que le tocaron vivir a Zitarrosa. La lejanía de las hijas (fue a España con su familia, pero a los seis meses se separó de su mujer, quien se volvió junto con las niñas al Uruguay) y la distancia con su país fueron factores que le hicieron experimentar un sufrimiento jamás antes conocido.
En "Desde el exilio" junto a su guitarrista y amigo Naldo Labrín, habla un poco de lo que fue su vida en esa etapa y de cómo era, en el exilio, su realidad artística. Hugo Infantino, periodista que había conocido en Radio El Espectador, rememoró tiempo después las primeras vivencias de Alfredo en el Viejo Mundo: "A los pocos días de llegar a Madrid, me escribió diciéndome que estaba muy triste y solo, y me pedía que lo mantuviera informado de los acontecimientos de aquí. Añadió que para colmo de males había despachado en la carga –no llevado personalmente– su mate, el faconcito que siempre lo acompañaba y un busto de Beethoven. Le contesté que me parecía increíble que quien escribió aquella canción tan hermosa que dice ‘unas cosas son olvidos y otras son cosas nomás’, hubiera dejado las más ‘queridas prendas del apero’ junto con la demorada carga de sus enseres".
En algunas entrevistas o en rueda de amigos, Zitarrosa confesaba: "Creo que no nací para vivir fuera del Uruguay. No sirvo para eso". Lo ahogaba la tristeza. En esos duros momentos, Alfredo había terminado de darle forma a una milonga llamada "Mi tierra en invierno", a la que incluyó, tres años después, en el disco Adiós Madrid. En esta letra Alfredo saca a relucir uno de los temas que más lo atormentó los dos años y medio que vivió en Madrid, y el principal por el cual padeció en México: la presencia de un régimen autoritario en el Uruguay.
Al mismo tiempo, describía el tormentoso clima que se vivía en su país. "En estos tres últimos años, más de medio millón de personas han tomado el camino del exilio. Los más importantes artistas e intelectuales uruguayos están fuera del país. Médicos, abogados, poetas, todos se marchan. Hace años, Uruguay era un país próspero y libre. Hoy ha cambiado. Hoy no se puede ni respirar".
Cuando Alfredo se afincó, en 1976, en España no logró, ni cerca, la repercusión que había conseguido tener en 1975, oportunidad en la que había cantado en varios escenarios. Pero esa indiferencia tenía su lógica. De esta manera la entiende Bouzas, su representante de entonces: "En la España de esa época ya no había cantantes prohibidos, la gran mayoría de los artistas habían regresado del exilio y, por lógica, el público español estaba para lo suyo. Era como que escuchaban a un Zitarrosa, a un Guarany, a un Cafrune e, interiormente, dudaban: ‘Este no me canta a lo español, ¡qué me viene a hablar del Río de la Plata!... Yo estoy haciendo la nueva España’".
Sabina confirma lo de la poca repercusión de Zitarrosa en España, pero antes se ocupa de dejar en claro: "Guarany, Cafrune, y varios otros artistas ‘disfrazados de gaucho’ aburrieron hasta a las ovejas. Zitarrosa, en cambio, sin retórica ni demagogia, se diferenciaba del resto".
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