La nueva era Thatcher
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La película biográfica La Dama de Hierro, interpretada con un realismo extraordinario por Meryl Streep, muestra tanto a la mujer valiente y manipuladora como a la líder arrogante.
Por Amanda Foreman
"La Sra. Thatcher está en la treintena", consignaba un memorando de la BBC en 1957, "es muy bonita y se viste con gusto. Concentra bien sus pensamientos", pero "su principal encanto", concluía el reporte, es "que ella no se ve como una ‘mujer de carrera’".
A Margaret Thatcher le llevó 22 años superar el sexismo para llegar a primera ministra, en 1979. "Todos estaban trastornados en secreto por eso", señala Meryl Streep, quien ahora estelariza como Thatcher. "Que una mujer llegase allí significaba que en cualquier momento tendríamos una presidenta".
Conforme ella ascendió, su mística alimentó las fantasías de críticos y admiradores. Incluso, cuando el feminismo evolucionó junto con su carrera, las metáforas y desaires ("Calzones de Hierro", "coqueta", "perra") se le pegaron. Su marido, decente y solidario, sería retratado como un timorato encogido, tal era la amenaza que ella significaba para el statu quo. Y aun así ella ganaría tres elecciones generales como una conservadora revolucionaria en su país y una líder mundial, transformando (junto con Ronald Reagan) el terreno ideológico del mundo angloamericano a la par que daban un final categórico a la Guerra Fría.
En las dos décadas desde su caída del poder, su mente y su imagen mítica se han desvanecido. Pero ello está cambiando ahora con las convulsiones del euro que predijo y un regreso a los conflictos ideológicos en los que fue la defensora más apasionada del libre mercado. Cuando siendo líder del partido pensó que algunos conservadores mostraban tendencias liberales desviacionistas marchó en la oficina del Partido Conservador agarrando un libro de Friedrich Hayek y proclamó: "Esto es en lo que creemos".
Como la película se enfoca en el deterioro mental de Thatcher, esto ha sido denunciado por sus admiradores, los cuales tienden a ser sobreprotectores con la imagen y el legado de su heroína. Pero sus críticas omiten un aspecto más amplio. La interpretación matizada de Streep del humano vulnerable detrás de la máscara nos recuerda los logros de Thatcher, pero no sólo como política y líder, sino como mujer, esposa y madre. No obstante, ella es tan controvertida en Gran Bretaña, que nunca ha sido destacada por el movimiento feminista. Ese rechazo, dice Streep, parece "tener algo que ver con nuestra profunda… incomodidad con las mujeres en el poder".
La Inglaterra en que Margaret Roberts nació, en 1925, era un país en el que la clase solía determinar el destino. Su padre, Albert, abandonó la escuela a los 14 años, abrió una tienda de víveres y fue una figura principal en la política local. "Sacrificate hoy para un mejor mañana", era el mantra de Albert. Condenaba el socialismo por penalizar a los trabajadores a favor de los vagos. Tenía a su familia en habitaciones sobre su tienda y todo se dedicaba a favorecer la educación de Margaret. Había un extra de libros, lecciones de música, de elocución (para borrarle el acento provinciano) y una asistencia semanal a las reuniones del ayuntamiento para que ella pudiera ver al alcalde Roberts en acción y aprender de los debates. "Margaret recibió de su padre", recuerda un ex asesor, "opiniones políticas muy fuertes".
Margaret hizo realidad las ambiciones de su padre al conseguir una beca en Oxford cuando pocos en Gran Bretaña podían esperar una educación universitaria, mucho menos una mujer de su clase. Allí fue donde tuvo su primera experiencia con las barreras que existían para mantener fuera a pequeñas advenedizas como ella. Las hijas de vendedores eran excluidas de muchas de las instituciones dirigidas a formar líderes futuros, incluida la sociedad de debates de la universidad; ella no fue invitada a sus Bailes de Mayo o cenas de etiqueta. Incluso en la cúspide de su poder como primera ministra, fue estigmatizada por su origen.
En 1951, Margaret Roberts, de 26 años, ya estaba determinada a dedicarse a la política cuando se casó con un hombre 10 años mayor, quien había regresado después de años en el Ejército para descubrir que su primera esposa se divorciaba de él. Denis Thatcher era un jocoso pequeño empresario, el tercer propietario de la compañía de pinturas y plásticos de su familia. Denis era el consorte perfecto. No sentía envidia por la prominencia de su esposa y, aunque era igual de conservador, nunca fue tan pintoresco como ella. No hubo mayor tragedia en la vida de Margaret Thatcher que la muerte, cuando se dio, en 2003, de su amado Denis.
Aun cuando él no era un plutócrata, la riqueza de Denis y su posición social hicieron posible que Margaret hiciera frente al esnobismo de los comités de selección de concejales, ya que ella, también, tenía los obligatorios sombrero y perlas de los conservadores, y podía presumir de una gran casa con jardín. De lo que nunca dio muestras fue del antisemitismo que se hallaba oculto en algunos jardines de clase media. La considerable población judía del distrito de Finchley, en el norte de Londres, rompió con el patrón de rechazo que ella había recibido al seleccionarla en 1958 como su candidata al Parlamento. Ella ganó. Luego, los líderes conservadores pensaron en hallarle un electorado diferente cuando funcionarios de la Oficina del Exterior dijeron al líder en la Cámara de los Lores, Peter Carrington, que temían que los líderes árabes la vieran como "una prisionera de los sionistas".
Thatcher fue infatigable como miembro del Parlamento. La película hace todo lo posible para mostrar que tenía poco tiempo para criar a sus mellizos, Mark y Carol, pero siempre se mantuvo casada con una visión tradicional de su papel como esposa y madre. Ella insistía en preparar el desayuno para la familia y siempre le cocinaba la cena a Denis.
En el Parlamento, Thatcher descubrió que su sexo elevaba su visibilidad, pero minaba su credibilidad. "Tenemos que demostrarles que somos mejores que ellos", dijo a Shirley Williams, ministra laborista. La primera vez que Thatcher mostró su capacidad de fuego superior fue cuando era ministra menor en el Ministerio de Hacienda, durante un debate sobre las pensiones estatales. Su investigación enorme sobre el tema redujo a la Cámara a un silencio estupefacto.
En 1970, los esfuerzos de Thatcher se vieron recompensados con un escaño, como ministra de Educación, en el Gabinete del primer ministro Edward Heath. "Estaba allí como la mujer estatutaria", escribió ella en sus memorias, "cuya tarea principal era explicar lo que las ‘mujeres’… posiblemente pensaban y querían sobre asuntos problemáticos". A Heath le desagradaba en lo personal, y desde el principio Thatcher fue tratada con frialdad por el resto del Gabinete. La sensación de ser una extraña pronto se vio empequeñecida por la protesta generalizada a causa de que ella suspendió la leche gratuita para los niños a favor de un programa para construir escuelas. Al oler un triunfo, el Partido Laborista encabezó una campaña sin precedentes de "Desháganse de la Perra", la cual alentaba a la gente a acosar a Thatcher, su casa e incluso a su familia.
Muy pronto Margaret vio cómo esa lección de política se le aplicó a su líder, Heath. En 1974, al fracasar en terminar una huelga de mineros, él convocó a una elección general y la peleó bajo el tema "¿Quién gobierna a Gran Bretaña?". El público, harto de su imposición de una semana laboral de tres días para ahorrar combustible, dio un veredicto que llevó por un escaso margen al regreso del gobierno laborista de Harold Wilson. Las bases conservadoras ya habían tenido suficiente de Heath. Cuando Thatcher lo desafió por la dirigencia del partido, ella trató de convertir su sexo en una ventaja: "Tengo la capacidad de una mujer para apegarme a un trabajo y seguir con él cuando todos lo abandonan".
Un cuadro de descontentos miembros del Parlamento ayudó a Thatcher en su batalla por la victoria. "Típica mujer", recordó un miembro del Parlamento que estuvo presente cuando se corrió la noticia, "ella rompió en llanto y nos besó a todos". En la Oficina Central Conservadora, la reacción fue más visceral. "¡Por Dios! ¡La perra ganó!", exclamó el vicepresidente del partido. Era la primera mujer en la historia que lideraría a los conservadores.
Siguieron dos giras por EE. UU., donde sus declaraciones audaces en todo tópico, desde el fracaso del keynesianismo hasta la amenaza soviética, causaron sensación. Cuando la prensa le preguntó sobre su deuda con el feminismo, Thatcher respondió con enfado: "Algunas de nosotras salíamos adelante mucho antes de que siquiera se pensase en la liberación femenina". Pero al regresar a casa permitió que el asesor del partido realizase una cirugía reconstructiva a su imagen. La hicieron parecer menos como un personaje de telecomedia y más como una estadista. Y dejó de usar sombreros. La nueva imagen de Thatcher fue sellada cuando la prensa soviética la apodó la Dama de Hierro. El metal inflexible era lo que la gente quería después de meses de huelgas de consecuencias catastróficas, un "invierno de descontento" que había llevado al país al borde del colapso. El 28 de marzo de 1978, la Dama de Hierro ganó un voto de no confianza contra el gobierno laborista, y la elección general al año siguiente.
Sus primeros dos años como primera ministra fueron un cuento con moraleja de iniciativas fallidas e implementación inepta. Heath levantó su cabeza para denunciar las políticas monetaristas de Thatcher como "moralmente equivocadas". Para finales de 1981, su índice de aprobación había caído a un 23 por ciento, el más bajo jamás registrado. Ella fue desafiante. En un discurso en la conferencia del Partido Conservador, atacó a los liberales por exigir una retractación. "Una cosa que decir: la Dama no va a retractarse".
Los éxitos principales de Thatcher se dieron en el exterior, en la arena pugilística de la UE, donde peleó para salvaguardar los intereses económicos de Gran Bretaña, y en EE. UU., donde una reunión con Ronald Reagan consolidó su amistad floreciente. Ella nunca permitió que su estima mutua la inhibiese. Expresó su furia cuando Reagan ordenó la invasión de Granada, un miembro de la Commonwealth británica, sin su visto bueno.
Thatcher podía liderar. Y en ninguna parte su comando, su autoridad, estuvo en mayor evidencia que en la Guerra de las Malvinas, el evento que consolidó su reputación como alguien de un incontenible patriotismo belicoso. Después de que Argentina invadió las islas Malvinas en abril de 1982, Thatcher envió una fuerza especial naval para desalojarlos. Estados Unidos reaccionó con intranquilidad a la posibilidad de una guerra en el hemisferio occidental, y Reagan envió a su secretario de Estado, Al Haig, para que tratase de mediar un acuerdo entre Londres y Buenos Aires. Ni soñarlo. Margaret había despedido a todo aquel que la presionó para echarse atrás. Henry Kissinger estaba de visita en Londres y presenció el complot en contra de ella. En un almuerzo en la Oficina del Exterior, Kissinger fue informado por el secretario del Exterior, su personal y todos los anteriores secretarios del Exterior allí presentes que estaban "a favor de la negociación". Más tarde, ese día Kissinger preguntó a Thatcher cuál de las diferentes opciones de negociación favorecía. "Eso —recuerda Kissinger— llevó a una explosión general. Ella dijo: ‘¿Cómo podés siquiera sugerir eso?’".
La guerra tomó 72 días. Un total de 649 militares argentinos y 255 soldados británicos fueron muertos. Cuando terminó, Thatcher dijo: "Sólo regocíjense con la noticia… ¡regocíjense!". Fue ridiculizada por sus críticos por su tono triunfalista e impropio, pero para la mayoría de los británicos se convirtió en una heroína. En la elección de 1983, obtuvo una mayoría aplastante.
No había algo que celebrar en otra guerra, la que ocurría en casa contra el Ejército Republicano Irlandés. El 12 de octubre de 1984, el IRA casi tuvo éxito en asesinarla. Ella estaba en su suite del Grand Hotel, en Brighton, puliendo su discurso para la conferencia del partido. Las bombas que despedazaron el hotel mataron a cinco personas, entre ellas dos de sus ministros. Thatcher y Denis apenas se salvaron de ser heridos. Ella fue a la conferencia del partido y denunció "un intento de lisiar al Gobierno elegido democráticamente de Su Majestad".
Pero también hubo señales de que algunas de las políticas económicas de su gobierno estaban funcionando. La inflación había caído cinco por ciento, las tasas de interés bajaron a nueve por ciento, y apareció un diminuto brote de crecimiento económico. Su segundo período fue una fuerza devastadora. Ella obligó a los comisionados europeos a que regresasen mil millones de libras esterlinas sólo con fijar en ellos sus ojos azules y golpeando su bolso contra la mesa. El último de los colaboradores de Heath fue despedido del Gabinete. Los monopolios estatales fueron disueltos y privatizados. La venta de un millón de propiedades de los ayuntamientos creó una nueva clase de propietarios de casas. La llamada legislación del Big Bang abrió el sector financiero londinense a la competencia. La tasa impositiva más alta fue reducida de 60 por ciento a 40 por ciento, mientras que el ingreso promedio aumentó en 25 por ciento. Las nuevas leyes restringieron el poder de los sindicatos. Ella estaba lista para el enfrentamiento con los mineros de carbón que Heath había perdido. Apiló reservas de carbón y tuvo un contacto estrecho con los mineros izquierdistas. Las luces no se apagaron y el resto de Gran Bretaña siguió trabajando.
En un primer momento, Thatcher a menudo se salía con la suya gracias a la manipulación hábil de supuestos sexuales. "Muchos políticos con los que hablé dijeron cuán atractiva y coqueta era ella al principio", dice Streep. "Ella reconoció el poder de la femineidad, y le encantaba ser la única mujer en el cuarto". En las cenas era una costumbre que las mujeres partieran al llegar el café, dejando a los hombres para que fumasen y hablasen de política y deportes. Pero Thatcher se empeñaba en quedarse, y pedía que las demás esposas no fueran incluidas.
Su ministro de Energía, Lord Howell y otros se quejaron de que en vez de discusiones a menudo eran confrontaciones. "Ella podía ser muy chillona, en parte como una táctica", admite su asesor de asuntos exteriores, Lord Powell. "Usaba el ser mujer con mucha habilidad. Sabía que los hombres británicos instruidos en escuelas públicas no eran educados para discutir con las mujeres".
Después de su victoria electoral en 1987, Thatcher desvió la mayor parte de su atención a la escena internacional. Dio esperanza a los polacos; y a los afganos, misiles Stinger. Tras decidir que Mijaíl Gorbachov era "un hombre con el que puedo negociar", formó una troika con él y Reagan que llevó al colapso del comunismo en Europa.
"Ella dominaba el mundo como un coloso", dice el ministro de hacienda británico, George Osborne. El bolso de mano de Thatcher, primero un símbolo de debilidad, se había vuelto una cosa de poder sin paralelo. "Los hombres con los que hablé sobre Thatcher —dice Streep— aseguraron que cuando ella agarraba su bolso, uno nunca sabía lo que iba a salir. El corazón se te iba a los pies". En una reunión del Gabinete, los ministros llegaron y descubrieron que ella estaba ausente, pero el artículo icónico estaba en la mesa. "¿Por qué no empezamos?", sugirió el secretario de Medio Ambiente. "El bolso de mano está acá".
En 1989, el Partido Conservador se dividió respecto a si unirse o no al euro. Thatcher se opuso, pero dos de sus aliados más antiguos, Geoffrey Howe y Nigel Lawson, rompieron con ella. "Muchos miembros conservadores del Parlamento llegaron a la conclusión de que, en aras de que el partido ganase la siguiente elección, tenían que deshacerse de ella", dice Osborne.
A mediados de noviembre de 1990, Howe anunció su renuncia. Michael Heseltine, ex secretario de Defensa de Thatcher, respondió mediante iniciar un desafío a la dirigencia. Thatcher se negó a solicitar apoyo. Tampoco cambiaría su parecer respecto a Europa. En su última entrevista como primera ministra, advirtió contra el peligro de renunciar a la soberanía fiscal: "¿Vamos a… tener una moneda única de la cual no tendremos ningún control?".
Un mes después, Thatcher fue depuesta como líder del partido. Su discurso final ante la Cámara de los Comunes es materia de leyenda. Dio la actuación más grande de su carrera. Al final, los miembros del Parlamento aplaudían y ondeaban sus papeles; unos cuantos lloraban. Afuera, las multitudes cantaban: "Ding Dong, la Bruja Ha Muerto".
Después de dejar el cargo, la ocupación principal de Thatcher fue dar discursos por muchísimo dinero. Streep se tropezó con uno de tales eventos mientras visitaba a su hija en la Universidad Northwestern: "Ella dio la conferencia, fluida y muy controlada. Y luego empezó a aceptar preguntas. Continuó por más de hora y media, ganando vivacidad y entusiasmo conforme seguía. Yo pensé: oh por Dios, es formidable".
En años recientes, el mundo de Thatcher se redujo a un pequeño círculo de amigos y cuidadores. Una de ellas, McAlpine, cuenta: "En Navidad le encanta el ballet. La última vez que fuimos fue a una matiné, durante el intermedio había una fila de tres o cuatro niñas, todas queriendo su autógrafo. Margaret dijo a una: ‘¿Qué querés ser, querida, cuando crezcas?’. Ella respondió: ‘Quiero ser como usted. Quiero ser primera ministra’".
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