Los críticos tienen razón
La recesión económica no es culpa de Obama, pero falló en casi todas las respuestas que debía dar a la situación. Mundo /
Obama ha sido una amarga decepción para casi todo el mundo.
Por David Frum
No hay que sucumbir a la fiebre ideológica o la paranoia para ver que Obama arrastra a Estados Unidos a un futuro equivocado: un futuro de más impuestos y menos libertad, en el que los empresarios innovarán menos y los grupos de presión serán más influyentes; un futuro donde individuos y comunidades tomarán menos decisiones propias y las burocracias dictarán más respuestas.
Sus intenciones no son perversas, pero lo que importan son los resultados. Veamos un caso: desde que estalló la crisis financiera, la Administración del Seguro Social otorgó cada vez más pensiones por discapacidad: en el último mes de 2011 la cifra ascendió a casi 100.000 —50 por ciento más que antes de la crisis.
Pero no se sorprenda. Las solicitudes de discapacidad crecieron incluso de manera más marcada y la probable explicación no es que los estadounidenses sufran más accidentes que antes, cuando muchos de ellos tenían empleo. Lo más factible es que, a resultas del elevado desempleo, más personas piden ayuda y, frente a la escasez de trabajo, más jueces la autorizan.
No hace falta representar a Obama como un socialista keniano para darse cuenta de que sus políticas empujan al país hacia una mayor dependencia del gobierno. En la mayor parte del último medio siglo, el gobierno federal gastó casi un dólar de cada cinco del ingreso nacional; pero en estos momentos, gasta uno de cada cuatro. Si reeligen a Obama y sus políticas continúan, la proporción uno a cuatro se consolidará en una realidad permanente, preparando el terreno para un dólar de cada tres si contamos los gastos estatal y local. Desde la década del ‘70, todos los presidentes
—de cualquier signo— trataron de contener el crecimiento del gobierno. Barack Obama es el primero, desde Lyndon Johnson, que pugna decidido por un Estado más voluminoso e intervencionista —y no solo como medida de emergencia contra la recesión.
Veamos su política energética. Todos los presidentes, desde Nixon, adquirieron el compromiso de reducir el consumo de petróleo. Y sabemos cumplirlo: aumentamos el precio. Cuando el costo del crudo se disparó a fines de la década del ‘70, el consumo estadounidense se desplomó. ¿Hay que bajar aún más? Pues gravemos el combustible y dejemos que los estadounidenses elijan sus propias estrategias de conservación: mudarse cerca del trabajo, invertir en un auto híbrido o comprar menos artículos transportados desde el otro lado del planeta.
En vez de ello, Obama decidió intervenir directamente en el mercado energético. Un ejemplo es Solyndra, fallida empresa de energía solar que recibió más de US$ 500 millones en ayuda directa del gobierno. Otro caso, tal vez más importante, es el oleoducto Keystone de Canadá, cancelado para apaciguar a los patrocinadores ambientalistas de la presidencia —quienes, al parecer, prefieren modificar hábitos de consumo mediante la fuerza bruta en vez de recurrir a los mecanismos de mercado. La misma situación operó en relación a la asistencia de salud.
¿Por qué el presidente favorece tanto la expansión del gobierno? No hacen falta teorías paranoicas. Obama —como lo ha dicho en sus discursos— aboga por un Estado más activo, no para satisfacer las necesidades sociales, sino como una fuente de empleo, permanente y creciente, para la clase media. Algunos trabajaremos directamente para el sector público; otros serán contratistas. Pero en todo caso, muchos más tendremos puestos de trabajo de los que será difícil despedirnos —y en los que el gobierno establecerá las condiciones de empleo.
Algo parecido fue la estrategia que probó Gran Bretaña bajo los gobiernos laboristas de Tony Blair y Gordon Brown. Entre 1997 y 2008, Blair y su sucesor, Brown, utilizaron el acelerado incremento del ingreso gubernamental para financiar nuevos empleos en el sector público de antiguas zonas industriales deprimidas. Pero el dilatado sector público no generó los beneficios que debía producir. Las regiones deprimidas siguieron deprimidas y la brecha entre ricos y pobres se ensanchó en vez de reducirse.
Lo reconozco: este presidente heredó la peor catástrofe económica desde la década del ‘30. Pero ciertamente tiene opciones para responder, y las más de las veces elige la opción equivocada.
Por supuesto que Obama tuvo logros, sobre todo en política exterior. Bin Laden murió, la guerra en Libia terminó bien, y las sanciones contra Irán fueron muy duras. Pero, irónicamente, muchos de sus logros más importantes frente al terrorismo derivan de haber continuado las políticas que heredó de George W. Bush.
No obstante, esos éxitos van acompañados de decepciones igualmente importantes. Como hombre, hay mucho de admirable en Barack Obama. Pero su mandato ha sido una amarga decepción para casi todo el mundo, y quizás, más que nadie, para quienes necesitaban desesperadamente la ayuda de su gobierno. Es hora de encontrar un nuevo camino hacia el futuro.
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