El largo plazo

01.02.2012 | 20.22 Comentar   |   FacebookTwitter
Mundo /  La derecha lo tilda de socialista, la izquierda dice que hace demasiadas concesiones a Wall Street y los independientes piensan que es un tonto. Andrew Sullivan explica por qué Barack Obama debería tener la chance de terminar lo que empezó.
Aunque soy partidario de Barack Obama desde 2007, varias veces estuve en desacuerdo con sus decisiones, como lanzar la comisión Bowles-Simpson (de responsabilidad fiscal y reforma), ignorar los crímenes de guerra del pasado reciente y lanzar una guerra en Libia sin autorización del Congreso. Pero dado el peso de la herencia que recibió, sigue siendo un hecho que Obama cumplió de una manera que la derecha trastornada y la izquierda purista todavía no comprenden o absorben. Su reelección sigue siendo, a mi parecer, tan esencial para el futuro de EE. UU. como su elección original en 2008.

El argumento central de la derecha es que Obama es un izquierdista radical que busca una "transformación fundamental" del modo de vida estadounidense. Mitt Romney (por ahora, el precandidato republicano con más chances) acusa al presidente de haber empeorado la recesión, de querer convertir a EE. UU. en un Estado de bienestar europeo, de no creer en la oportunidad ni en la libre empresa, de no entender la economía real y de pacificar a sus enemigos mediante grandes concesiones. Según Romney, Obama es una amenaza mortal para "el alma" de EE. UU.
y un traje vacío que no podría dirigir una empresa, mucho menos un país.

Pero veamos las acusaciones y los hechos. A las economías les toma tiempo cambiar de curso. Cuando Obama asumió, hizo varias cosas de un tirón: continuó el rescate bancario que había iniciado George W. Bush, comenzó un rescate de la industria automotriz, y trabajó para aprobar un enorme paquete de estímulos de US$ 787.000 millones.

En retrospectiva, éstas medidas fueron mucho más exitosas de lo que se cree. El colapso de los empleos tocó fondo a principios de 2010, cuando el estímulo tuvo efecto. Desde entonces, EE. UU. sumó 2,4 millones de empleos. Eso no es suficiente, pero es mucho mejor de lo que Romney quiere hacernos creer, y más que los empleos netos creados en toda la Administración de Bush. Sólo en 2011 se crearon 1,9 millones de empleos en el sector privado, mientras que se perdieron 280.000 en el Estado. No parece esta última una política consistente con los modos "socialistas" de Obama que denuncian los republicanos. Y aunque el estímulo no redujo el desempleo a 8 por ciento en su primer año, como había predicho el equipo económico de Obama, puso un tope a la caída libre. No es una exageración decir que evitó una caída en espiral que pudo habernos llevado a la Segunda Gran Depresión.

Uno pensaría, al escuchar los debates republicanos, que Obama aumentó los impuestos. De nuevo, esto es falso. No solo aceptó no poner una caducidad a los recortes fiscales de Bush durante su primer período, sino que redujo los impuestos de la mayoría de los estadounidenses. Su historial de gasto también es mucho mejor que el de su predecesor. Con Bush, las políticas de impuestos y gastos costaron al contribuyente US$ 5 billones. Con los presupuestos de Obama, tanto pasados como proyectados, él habrá sumado US$ 1,4 billones en dos períodos. Con Bush y los republicanos, el gasto discrecional para ítems distintos a la Defensa creció el doble que con Obama. De nuevo: imagine que Bush hubiera sido un demócrata y Obama, un republicano. Uno podría afirmar que Obama fue mucho más conservador en términos fiscales que su predecesor, excepto, por supuesto, que Obama tuvo que gobernar bajo la peor recesión desde la década del ‘30; y Bush, después de 2001, gobernó en un período de crecimiento moderado.

La gran pesadilla conservadora, la reforma de salud u "Obamacare", también es mucho más moderada de lo que afirman sus críticos. En rigor de verdad, está a la derecha del proyecto de los Clinton en 1993 y es muy similar a la propuesta de Nixon de 1974. Necesita mejoras, pero la Administración está abierta a más reformas y no es, como insiste Romney, una prescripción de modelo único y de arriba para abajo: fija estándares, garantiza incentivos y luego permite que los estados experimenten.

En política exterior, las críticas del ala derecha son las más trastornadas. Romney acusa al presidente de disculparse por EE. UU., y otros lo acusan de traición. Más bien, Obama revirtió la política de Bush de ignorar a Osama bin Laden, y fijó un curso de acción que a la larga llevó a su captura y muerte. Si Bush se hubiera encargado de Bin Laden, hubiera arrasado con la dirigencia de Al Qaeda y reunido un tesoro oculto de inteligencia mediante una incursión osada, su cara ya estaría tallada en el monte Rushmore (junto a Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln). Pero mientras que Bush habló duro y actuó de forma contraproducente, Obama diezmó de manera tranquila e implacable a los enemigos reales, a la par que ganaba la más amplia guerra de propaganda. Desde que asumió el cargo, la popularidad de Al Qaeda en el mundo musulmán se desplomó.

Pero no sólo la derecha malinterpreta a Obama. La izquierda también lo ha definido como un elitista enclaustrado incapaz de comprender su oportunidad histórica. Sin embargo, ellos omiten, a mi parecer, dos cosas vitales. La primera es la simple escala de lo que se logró en asuntos que los liberales dicen que les preocupan. Se evitó una depresión. El rescate de la industria automotriz fue increíblemente exitoso. Incluso los rescates bancarios fueron reembolsados en gran medida por un sector bancario en recuperación. La Guerra de Irak terminó a tiempo y, lo cual es de importancia vital, sin tropas que hayan quedado atrás. El gasto en Defensa se recortó a un ritmo constante. El apoyo al matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana subieron a niveles récord. Con Obama, un estado crucial, Nueva York, hizo del matrimonio igualitario para gays y lesbianas un hecho irreversible en la vida estadounidense. Mucho dinero público se canalizó en inversiones de energía no contaminantes a través de estímulos. Se acabó con la tortura. Dos mujeres moderadamente liberales remplazaron a hombres en la Suprema Corte. Oh, sí, y el santo grial liberal que eludieron Johnson, Carter y Clinton, un sistema de salud casi universal, fue declarado ley. Politifact recientemente señaló que de 508 promesas específicas, un tercio fue cumplido y en solamente dos no se tomó ninguna acción. Haber hecho todo esto mientras al mismo tiempo combatía un huracán económico, hace de Obama alguien honesto y un artista que termina lo que empieza, como cualquiera podría esperar de un político.

Lo que los liberales nunca entendieron de Obama es que él practica una forma específica de política: presenta las cosas sin decirlas, hace un juego largo y no corto. Lo que a él le importa es lo que puede lograr, no aquello por lo que obtener un crédito inmediato. Empieza tendiendo una mano a sus oponentes; cuando ellos responden alzando el puño, él demuestra que son ellos el origen del problema; luego, finalmente, se mueve a su posición favorita de un liberalismo moderado y lucha por ella sin ser tildado de ideólogo o divisor. Este tipo de estrategia requiere tiempo. Y significa que hay períodos largos en los que Obama parece incapaz de defenderse a sí mismo, o dispuesto a permitir que otros lo defiendan, o simplemente débil. Lo hizo con su propio partido sobre la reforma del sistema de salud. Con los republicanos sobre la deuda. Con el Gobierno israelí sobre detener los asentamientos en Cisjordania, y con el régimen iraní durante la "Revolución Verde". Nada en su primer período puede entenderse si uno no se percata de que Obama siempre estuvo planeando para ocho años, no para cuatro. Y si es reelegido, podrá afianzar lo que ya cumplió y hacerlo irreversible.

Claro, Obama no puede recuperar la promesa extraordinaria de 2008. EE. UU. ya eligió a su primer presidente negro. Y, por cierto, fracasó en poner fin a la brutal polarización ideológica de Washington, como había prometido. Pero la mayoría de los estadounidenses en las encuestas lo ve
acertadamente como menos culpable de este punto muerto que al Partido Republicano. Obama se ha abstenido tenazmente de entablar una guerra cultural, mientras que la derecha lo acusó de una "guerra contra la religión". Ofreció recortar la ayuda social (y ya recortó Medicare), mientras que los republicanos se negaron a sacarle un solo dólar a cualquiera. Hasta el Gobierno de mentalidad más austera de Europa, los conservadores británicos, está a la izquierda de eso. Y es la intransigencia republicana —desde la declaración en 2009 del comentarista Rush Limbaugh de que quiere el "fracaso" de Obama hasta la admisión del líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, de que su objetivo primario es negar a Obama un segundo período— la mayor responsable del estancamiento. La única manera de salir de ese punto muerto es una derrota electoral aplastante de los republicanos, ya que el lenguaje de la victoria y la derrota parece ser el único que entienden.

Si sueno tendencioso es porque lo soy. Tendencioso a favor de la verdad histórica, no del chisporroteo verbal; a favor del presidente que se comportó con gracia y calma bajo una presión increíble, que debió sortear una crisis como no vimos desde la Segunda Guerra Mundial y la Depresión, y que todavía no tuvo un solo escándalo significativo. "Ver lo que está frente a nuestra nariz necesita de una lucha constante", escribió George Orwell. Lo que veo enfrente de mi nariz es a un presidente cuyos carácter, historial y promesa siguen siendo tan grotescamente poco apreciados ahora como fueron absurdamente promocionados en 2008. Y tengo confianza en que, más pronto que tarde, el pueblo estadounidense llegue a ver este primer período desde la misma perspectiva tranquila y sensata. Y decida terminar lo que empezó.
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